Lucy Hay

Sin duda uno de los personajes femeninos más célebres de la literatura popular es Milady de Winter, la perversa espía creada por Alejandro Dumas para su obra magna, “Los Tres Mosqueteros”. Instigadora, asesina, traidora y mil adjetivos más, Milady es una de las mejores femmes fatales de la ficción literaria y, dicho sea de paso, una de las que peor suerte han tenido con sus encarnaciones en la pantalla, si exceptuamos a la soberbia Lana Turner de la versión de 1948, dirigida por George Sidney.

Pero, como casi siempre sucedía con sus novelas históricas, Dumas no creó a Milady de Winter de la nada, sino que se inspiró en varias mujeres que, en el siglo XVII, actuaron, efectivamente, como espías al servicio de Francia, Inglaterra, España, o, en muchos casos, de todas ellas a la vez. Una de esas mujeres, posiblemente la más célebre y a la que más debe el personaje de Milady, es nuestra protagonista de hoy: Lucy Hay, condesa de Carlisle, aristócrata, espía y personaje novelesco por si misma.

ORÍGENES Y PRIMEROS AÑOS

Lucy Percy vino al mundo en 1599, posiblemente en Londres. Fue la segunda hija de Henry Percy, noveno conde de Northumberland, uno de los nobles más ricos de la corte isabelina, y de su esposa, Dorothy Devereux. Como curiosidad, hay que remarcar que ambos progenitores de Lucy tenían estrechos vínculos con la historia de la Reina Virgen: el abuelo del padre -y, por tanto, bisabuelo de Lucy- había sido aquel Henry Percy que quiso casarse con Ana Bolena poco antes de que Enrique VIII se fijase en ella; por su parte, la madre era  hermana de Robert Devereux, segundo conde de Essex y trágico último favorito de Isabel I. Sin embargo, a pesar de tan íntima relación con la última de los Tudor, la vida de nuestra protagonisa se desarrolló, casi en su totalidad, bajo el reinado de los primeros Estuardo: Jacobo I y, más tarde, Carlos I, a cuyo derrocamiento contribuyó activamente.

Siendo apenas una adolescente, su madre empezó a llevarla a la corte para que entrara en sociedad; y vaya si lo hizo. Lucy se convirtió muy pronto en una de las grandes estrellas de la corte, pretendida por los nobles y ensalzada por poetas y artistas, gracias a su belleza y a su afilado ingenio. Sin embargo, en aquellos momentos Lucy no podía aspirar a un matrimonio en la alta sociedad, pues su padre se hallaba prisionero en la Torre de Londres, supuestamente por haber participado en la célebre Conspiración de la Pólvora que quiso volar el Parlamento en 1605. Mientras aguardaba a que llegasen tiempos mejores, Lucy se dedicó a estudiar detenidamente  a los intrigantes, escaladores y corruptos de la corte, cómo se movían y por qué.

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Publicado en on 29 octubre, 2011 at 1:57 pm  Dejar un comentario  

Sabina Spielrein

Cuando se habla del nacimiento del psicoanálisis como ciencia moderna, siempre se hace referencia a sus “padres”, si entendemos como tales a Sigmund Freud y a Carl Gustav Jung. Sin embargo, el estudio de la psique humana tuvo también madres, la más importante de las cuales mantuvo una estrecha y compleja relación con el creador del término inconsciente colectivo. Fue primero paciente, después amante y al final alumna brillante, y aunque algunos -el propio Jung entre ellos- la quisieron tachar de embustera y manipuladora, su contribución al estudio de la mente, desde ambos lados de la trinchera, es una de las más importantes del siglo XX. Hoy hablamos de Sabina Spielrein.

PRIMEROS AÑOS

Sabina Naftulovna Spielrein (ruso: Сабина Нафтуловна Шпильрейн) vino al mundo en la Rusia zarista; fue en Rostov del Don, al suroeste del país, el 7 de noviembre de 1885. Su padre, un comerciante acomodado de origen judío, se había casado con una mujer de religión ortodoxa, con la que tuvo cinco hijos, de los que Sabina fue la mayor.

El padre de Sabina era un hombre violento, manipulador, que ejercía una influencia sumamente perniciosa sobre su familia, y que no hacía ascos al castigo físico cuando lo creía oportuno, que solía ser bastante a menudo. En consecuencia, los hermanos Spielrein crecieron siendo niños nerviosos, asustadizos, cuyos fuertes lazos de amor-odio con sus progenitores serían calificados por Jung de “sadomasoquistas”.

Así las cosas, no es extraño que la pequeña Sabina empezase a mostrar síntomas de que algo extraño le sucedía cuando sólo contaba cuatro años de edad; los detalles no son precisamente agradables, pero baste decir que despertaron en ella una muy precoz sexualidad de tintes masoquistas, y un comportamiento compulsivo que se fue agravando conforme se fue haciendo mayor. A los dieciséis años, tras la muerte de su hermana pequeña, el estado de Sabina empeoró de forma fulminante: sufría bruscos cambios de humor, rayanos en la histeria; se fugó en varias ocasiones de la casa familiar; incluso intentó suicidarse, al menos, un par de veces. Fue entonces cuando sus padres decidieron tomar cartas en el asunto, y la internaron en una clínica suiza, donde tuvo que sufrir los temidos tratamientos con electroshock. Viendo que no servían de nada, los Spielrein decidieron trasladar a su hija a una nueva clínica, esta vez en Zurich; en la clínica Burghölzli permanecería durante casi un año, desde agosto de 1904 hasta junio de 1905, y allí conocería al hombre que cambió su vida: Carl Gustav Jung.

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Publicado en on 29 junio, 2011 at 3:07 pm  Comentarios (1)  

Caterina Sforza

El Renacimiento fue una época donde brillaron algunos de los personajes más interesantes y sugerentes de la Historia. Por desgracia, como había pasado en épocas anteriores -y seguiría pasando en los siglos venideros-, la mayoría de éstos fueron hombres. Sólo en Italia, cuna, crisol y tumba del esplendor renacentista, podemos encontrar docenas de nombres que han pasado a la historia, desde la política, el arte o la guerra: Maquiavelo, Leonardo da Vinci o César Borgia son claros ejemplos de las personalidades, unas veces luminosas y otras sombrías, de aquellos que vivieron tan notorios tiempos. Sin embargo, también hubo algunas mujeres que descollaron tanto como sus homólogos masculinos; de una de ellas, Lucrecia Borgia, ya hablamos en un post anterior. Nuestra protagonista de hoy, que también tuvo sus más y sus menos con los Borgia, es aquella a la que sus contemporáneos llamaron la leona de la Romaña, y también la virago cruelissima: Caterina Sforza.

PRIMEROS AÑOS

Caterina Sforza vino al mundo a principios de 1463 en la ciudad de Milán, lugar que gobernaba su familia, los Sforza, uno de los apellidos más ilustres del Renacimiento italiano. Fue hija bastarda: sus padres fueron Galeazzo Maria Sforza, más tarde duque de Milán, y Lucrezia Landriani, a la sazón esposa de Gian Piero Landriani, uno de los amigos íntimos de Galeazzo. Con sólo tres años de edad, su padre se convirtió en duque de Milán, y Caterina se trasladó a vivir a la corte ducal junto al resto de sus hermanos, legítimos y bastardos; todos fueron puestos a cargo de la madre del duque, la tremenda Bianca Maria Visconti, aunque después serían formalmente adoptados por la segunda esposa del duque, Bona de Saboya. Con ambas mujeres mantendría Caterina una excelente relación a lo largo de su vida, y ambas fueron, cada una a su manera, responsables del indómito carácter de la joven milanesa.

Contrariamente a lo que se pueda pensar, las jóvenes nobles de la época sí recibían una educación notable; aunque bastarda, Caterina no fue una excepción, y recibió una educación de corte humanista que, además de leer y escribir, le permitió aprender latín y leer a los clásicos; además, a través de su abuela Bianca Maria, la pequeña Caterina adquirió una inmensa conciencia militar, de orgullo hacia sus antepasados y de astucia tanto militar como política. Sin embargo, no dejaba de ser mujer, y como tal tuvo que rendirse a su condición de peón matrimonial: con sólo diez años, fue prometida en matrimonio a Girolamo Riario, sobrino del papa Sixto IV (Francesco della Rovere), y veinte años mayor que ella. Aunque la boda se celebró rápidamente, el 17 de enero de 1473, la consumación de dicho matrimonio no llegaría hasta cuatro años más tarde, en atención a la extrema juventud de la novia.

Tras su boda, Girolamo y Caterina obtuvieron numerosas prebendas del Papa, entre ellas, el señorío de Imola, en la Romaña italiana, y, en 1480, el de Forlì, que había sido arrebatado a la familia Ordelaffi y que les convirtió en condes; además, se trasladaron a la corte vaticana, donde Caterina se granjeó muy pronto gran fama por su belleza y astucia política, convirtiéndose en una poderosa intermediaria entre el Papa y las cortes feudales italianas, especialmente la de su ciudad natal, Milán. En marzo de 1478 vino al mundo su primogénita, Bianca; a lo largo de los nueve años siguientes, Caterina y Girolamo tendrían cinco hijos más. Pero la buena fortuna del matrimonio no iba a durar para siempre.

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Publicado en on 12 abril, 2011 at 12:13 am  Dejar un comentario  

George Sand

Vivió buena parte de su vida rodeada por el escándalo: fue librepensadora y adalid -a su pesar- del feminismo, escritora y periodista, baronesa, republicana y personaje de sociedad. Nunca tuvo el más mínimo problema en decir aquello que pensaba, cuando lo pensaba, aunque ello le acarrease las críticas de una sociedad que no estaba preparada aún para que una mujer viviese libremente. Y pese a todo, consiguió convertirse en uno de los pilares principales del Romanticismo francés, la brillante estrella alrededor de la cual orbitaron los intelectuales de toda una época, indistintamente de sus nacionalidades. Su nombre de guerra, aunque masculino, define en femenino un siglo y una forma de ver la vida: George Sand.

HIJA DE DOS MUNDOS

Su verdadero nombre fue Amantine Aurore Lucille Dupin, y vino al mundo en París el 1 de julio de 1804. Sus orígenes no pudieron ser más dispares, pues mientras su madre, Sophie Delaborde, era la hija de un vendedor de pájaros que muy posiblemente se prostituía entre los soldados napoleónicos, su padre, Maurice François Dupin de Francueil, era un aristócrata de altísima cuna, nieto por línea bastarda del rey Augusto II de Polonia. Aurore nació pues siendo hija de dos mundos muy distintos, algo que la marcaría de por vida y que definiría posteriormente sus ideas políticas.

Aunque al principio la abuela de la pequeña, Mme. Dupin, se echó las manos a la cabeza ante la relación de éste con Sophie, un hecho trágico cambiaría el parecer de la aristocrática dama: en 1808, cuando Aurore tenía sólo cuatro años, su padre se cayó del caballo que montaba y murió a consecuencia de las heridas. Decidida a separar a su única nieta de su madre, a la que consideraba una influencia perniciosa, Mme. Dupin hizo todos los esfuerzos y tiró de todos los hilos para que Aurore se trasladase a la mansión familiar de Nohant (Francia central), donde se hizo cargo de su educación. La verdad es que la madre no opuso excesiva resistencia a entregar la niña a su abuela, y es que la relación entre Aurore y Sophie siempre fue extraña y tensa, un hecho que se reflejaría años más tarde en la relación entre la escritora y su propia hija.

Aurore pasó el resto de su infancia en Nohant, el lugar al que siempre regresaría en busca de la felicidad, el sitio que más amó en este mundo. Entre 1817 y 1820, se educó en el parisino Convent des Anglaises, de donde salió para regresar a Nohant; allí conocería, en la primavera de 1822, al barón Casimir Dudevant, con quien se casaría apenas unos meses más tarde. No está claro por qué Aurore eligió casarse con este hombre adusto, que le llevaba casi diez años y con el que apenas tenía nada en común. Tal vez porque, tras la muerte de su abuela el año anterior, se sentía sola. En cualquier caso, el matrimonio duró poco más de ocho años, durante los que nacieron dos hijos: Maurice (1823) y Solange (1828). Finalmente, a principios de 1831, Aurore abandonó a su marido y, junto a sus dos hijos, regresó a París, siguiendo a su joven amante, Jules Sandeau, ocho años menor que ella; Sandeau fue, que sepamos, el primero de la lista de grandes amores de Aurore, la mayoría más jóvenes que ella y con quienes tuvo relaciones no precisamente fáciles.

Con su regreso a París, Aurore, todavía baronesa Dudevant, iniciaría el período más escandaloso de su vida, pero también el más fructífero.

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Publicado en on 16 diciembre, 2010 at 1:13 am  Dejar un comentario  

María Estuardo (Parte II y final)

MATRIMONIO CON BOTHWELL

Los rumores que acusaban a María de haber planeado el asesinato de su esposo se volvían cada vez más violentos; los nobles, que eran tan responsables como Bothwell de la muerte de Darnley, se unieron para “vengar” al pequeño Jacobo. Su estandarte mostraba el cuerpo sin vida de Darnley, y junto a él, Jacobo arrodillado clamaba “Juzga y venga mi causa, oh Señor”. Para liderar tan “noble” causa se eligió a Jacobo Estuardo, el hermano bastardo de María, quien había regresado recientemente de Francia; allí había pasado un corto período, justo el suficiente para que su nombre no se manchara con la sangre de Darnley.

Poco prudente como era, María dio a su hermano la excusa que buscaba para atacarla directamente: el 24 de abril de 1567, la reina regresaba a Edimburgo desde Stirling, donde había visitado a su hijo. En un punto indeterminado del camino, la comitiva fue atacada por los soldados de Bothwell, quien secuestró a María y se la llevó a la fortaleza de Dunbar. Nunca se sabrá qué pasó exactamente allí: la explicación oficial fue que María había sido violada por Bothwell; de todas formas, las actitudes pasadas y futuras de la reina para con su supuesto violador hacen pensar que todo fue una elaborada puesta en escena para propiciar lo que sucedería unas semanas después: a su regreso a Edimburgo, en lugar de juzgar y condenar a Bothwell, María se casó con él por el rito protestante. Fue el pistoletazo de salida a una rápida confrontación entre las tropas de la reina y las de los nobles rebeldes, comandados, cómo no, por Jacobo Estuardo.

La llamada batalla de Carberry Hill (que no fue tal, puesto que no se llegó a las armas) terminó con la rendición de María, con la condición de que dejasen marchar a Bothwell; un nuevo error de apreciación de la soberana, pues debería haber sabido que Jacobo no cumpliría su parte del trato. Tan pronto tuvo a María en su poder, Jacobo salió tras Bothwell que, no obstante, conseguiría escapar, sólo para llegar a la costa escandinava, donde sería denunciado por una antigua prometida y acabaría sus días, enloquecido, en una prisión de Dinamarca.

En cuanto a María, fue recluída en el castillo de Loch Leven, donde sufrió un aborto de gemelos; pocos días después, fue obligada a abdicar en la persona de su hijo Jacobo, proclamado Jacobo VI de Escocia con sólo un año de edad; el escogido como regente fue, claro, su tío Jacobo Estuardo, quien cumplía así su máxima aspiración: el bastardo conde de Moray sería el gobernante de hecho de Escocia durante los siguientes dos años y medio, hasta que fue asesinado de un tiro en 1570 por James Hamilton, un partidario de María, convirtiéndose así en la primera víctima de magnicidio por arma de fuego. Sin embargo, antes de que eso sucediera, iba a enfrentarse una postrera vez a su hermana, cuando ésta escapó en mayo de 1568; en la batalla de Langside, Jacobo derrotó definivamente a María, obligándola a huir hacia el sur. El 13 de mayo de 1568, María Estuardo atravesó, disfrazada, el estuario del río Solway, cruzando así la frontera con Inglaterra; la ex-reina de los escoceses se ponía en manos de la persona que más motivos tenía para temerla y odiarla: Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen.

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Publicado en on 2 diciembre, 2010 at 2:23 pm  Dejar un comentario  

María Estuardo (Parte I)

María Estuardo es un personaje difícil de clasificar. Mártir y santa para unos, símbolo de la depravación para otros, su tumultuosa vida nos la presenta hoy día como una heroína de folletín. Lo cierto es que se trató de una mujer veleidosa, sin duda llena de buenas intenciones hacia su pueblo, y víctima de las manipulaciones de una política que no estaba preparada para comprender. Si bien no fue la pobre inocente que la propaganda católica quiso crear, está claro que tampoco fue el ser abyecto que dibujaron los protestantes; se trató más bien de una mujer profundamente desgraciada, que sufrió la ingratitud de casi todos los que la rodearon -entre ellos, su propio hijo-, y que tuvo un pésimo criterio a la hora de hacer sus elecciones políticas, lo que le costó el trono, la libertad y, finalmente, su propia vida.

REINA DESDE LA CUNA

María Estuardo (ing.: Mary Stuart) vino al mundo en el palacio de Linlithgow, cerca de Edimburgo, el 8 de diciembre de 1545. Era la hija del rey Jacobo V de Escocia, sobrino del rey de Inglaterra Enrique VIII, y de su segunda esposa, la francesa María de Guisa. La tragedia salpicó muy pronto la vida de la pequeña María: apenas seis días después de su nacimiento, Jacobo V, que había sufrido una estrepitosa derrota en Solway Moss a manos de Enrique VIII, fallecía en el castillo de Falkland, dejando como única heredera a este bebé, niña por demás, que ponía en serios problemas la continuidad de la monarquía escocesa y, por ende, su independencia frente a su codicioso vecino inglés.

En efecto, hacía ya tiempo que Enrique VIII había puesto sus miras en Escocia y, tras las muchas derrotas infligidas a sus habitantes -dos reyes habían muerto ya bajo su mandato-, ahora se proponía agenciarse el país por la vía matrimonial. Sabedor de que María de Guisa sería contraria a sus deseos, Enrique realizó su propuesta directamente a los nobles escoceses: la pequeña reina se casaría con su hijo y heredero, Eduardo, y, mientras llegaba el momento, sería educada en Inglaterra. Horrorizada ante la posibilidad de que su hija fuese educada como protestante, María de Guisa, ferviente católica, tomó cartas en el asunto y puso a su hija a buen recaudo. Se iniciaba lo que se conocería como “el cortejo a la inglesa”.

Así pues, la reina niña (había sido coronada el 9 de septiembre de 1546) y su madre iniciaron un penoso peregrinaje por todo el país, hostigadas en todo momento por el ejército inglés, cuyo cometido era esencialmente secuestrar a María y llevarla a los dominios de Enrique. Tras la desastrosa derrota de los escoceses en Pinkie Cleugh (1547), la regente y su hija se refugiaron en la abadía de Inchmahome, mientras se reactivaba la llamada Auld Alliance (antigua alianza) entre Francia y Escocia, y los ejércitos del rey francés, Enrique II, entraban en territorio escocés en ayuda de la reina-niña. El 7 de julio de 1548 se firmaba el tratado matrimonial que convertía a María en la futura esposa de Francisco, el delfín francés; un mes más tarde, el 7 de agosto, María era recibida en Calais por Enrique II en persona.

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Publicado en on 25 noviembre, 2010 at 2:49 pm  Comentarios (3)  

Lidiya Litvyak

La Segunda Guerra Mundial es uno de los períodos más terribles de la historia de la humanidad. Seis interminables años en los que el mundo ardió, causando 60 millones de muertos y abriendo unas heridas que todavía hoy, en algunos casos, no han cicatrizado del todo. Se movilizaron todos aquellos hombres que podían luchar y, debido a las circunstancias, no fueron pocas las mujeres que también contribuyeron directamente a la liza, ya fuese colaborando con la Resistencia tras las líneas enemigas o luchando codo a codo con sus compañeros masculinos. Esta circunstancia se dio especialmente en la Unión Soviética, donde las féminas lucharon tanto como los hombres, destacando especialmente como francotiradoras y, como en el caso que nos ocupa, pilotos de guerra. Esta es la historia de Lidiya Litvyak, la Rosa Blanca de Stalingrado.

PRIMEROS AÑOS Y ESTALLIDO DE LA GUERRA

Lidiya Vladimirovna Litvyak (ruso: Лидия (Лилия) Владимировна Литвяк) nació en Moscú el 18 de agosto de 1921, cuando la Unión Soviética todavía estaba gobernada por Lenin. Es poco, poquísimo, lo que se sabe de su vida anterior al estallido de la Segunda Guerra Mundial, y todo tiene que ver con su pasión por la aviación. Con sólo 14 años dio inicio a su carrera aérea matriculándose en un aeroclub soviético, obteniendo el carnet de piloto deportiva dos años más tarde. Su ascenso fue meteórico, y a finales de la década de los ’30 ya se había convertido en instructora de vuelo. Para cuando los nazis de Adolf Hitler invadieron la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, Lidiya había entrenado ya nada menos que a cuarenta y cinco pilotos.

Al declararse la guerra entre Rusia y Alemania, Lidiya quiso alistarse de inmediato para combatir, pero fue rechazada por falta de experiencia, ya que no había cumplido las 100 horas de vuelo que se exigían como mínimo necesario para postular como piloto de caza. Sin pensárselo un momento, Lidiya falsificó su documentación y, con las 100 horas de vuelo “cumplidas”, fue admitida en el 586º Regimiento de Cazas (IAP 586), una unidad exclusivamente femenina de Yak-1, creada por la célebre piloto Marina Raksova. Tras unos meses de entrenamiento, realizó sus primeros vuelos de combate en verano de 1942 sobre Sarátov (sur de Rusia). En septiembre de ese mismo año, fue asignada, junto a otras siete pilotos -entre las que se encontraba Katya Budanova, la única otra mujer en la historia que ha alcanzado el honor de ser considerada as de la aviación-, al IAP 437, un regimiento masculino que se encontraba luchando en la horrible carnicería que fue la batalla de Stalingrado. Tres días después, cuando realizaba su segunda misión, derribó sus dos primeros aviones: el primero, un bombardero Junkers Ju 88, fue abatido en colaboración con el comandante del regimiento, el mayor Danilov; pero, minutos más tarde, Lidiya realizaría una proeza que nadie esperaba: en solitario, derribó un caza Messerschmitt Bf 109 que, para más inri, estaba pilotado por un as de la aviación alemana: el sargento Erwin Maier, con 11 victorias a su cuenta y tres veces condecorado con la Cruz de Hierro. Tras saltar en paracaídas, Maier fue capturado por los soviéticos y, cuando pidió ver al piloto que le había derribado, pensó que los rusos le estaban gastando una broma desagradable. No fue hasta que Lidiya le describió paso a paso la lucha que habían mantenido, que Maier tuvo que reconocer con amargura que había sido derribado por una mujer. En sólo tres días, Lidiya Litvyak se había convertido en la primera mujer de la historia militar que derribaba un avión enemigo.

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Publicado en on 4 octubre, 2010 at 10:50 pm  Dejar un comentario  

Erzsébet Báthory

No todas las mujeres que pasan por estas líneas fueron beneficiosas para la humanidad, ni pasaron a la historia por sus altos logros. Nuestra protagonista de hoy es uno de los personajes más siniestros y terribles de toda la historia de la humanidad. En menos de diez años, derramó más sangre y causó más sufrimiento a su alrededor que muchos de los grandes guerreros de los que fue coetánea. Es la vampira, la Alimaña de Csejthe: la condesa Erzsébet Báthory.

PRIMEROS AÑOS

Erzsébet Báthory de Ecsed vino al mundo el 7 de agosto de 1560 en Nyírbátor (condado de Szabolcs-Szatmár-Bereg), al este de Hungría, en el seno de la más alta nobleza del país. Su padre, György Báthory, se había casado con su prima Anna, hermana a su vez del rey de Polonia, Stefan Báthory. Ambas ramas de la familia descendían de la línea de los voivodas de Transilvania, y llegaron a estar emparentados con los Habsburgo -a través del matrimonio de Segismundo, primo de Erzsébet, con María Cristina de Habsburgo-. Eran, pues, una de las familias más poderosas de Europa en su época; por desgracia, eran también uno de los mayores catálogos de perversiones y enfermedades mentales que se conocen, en buena parte debido a su costumbre de arreglar matrimonios consanguíneos.

Es poco lo que se sabe de la infancia de Erzsébet. Entre los detalles que refieren las crónicas de la época, encontramos que la pequeña recibió una educación del todo excepcional: era capaz de hablar húngaro, latín y alemán, amén de poder escribirlos, en una época en que la mayoría de la nobleza -y no digamos ya el pueblo llano- era completamente analfabeta. Lamentablemente, también sabemos que a los cuatro o cinco años empezó a sufrir las crisis convulsivas y fuertes migrañas (quizá una forma de epilepsia) para las que, años más tarde, hallaría una horrible y sangrienta forma de calmar.

En cualquier caso, a los once años Erzsébet fue prometida en matrimonio al conde Ferencz Nádasdy, mucho mayor que ella. Como mandaban las tradiciones de la época, Erzsébet tuvo que trasladarse al castillo familiar de los Nádasdy para completar su educación a manos de su suegra, Orsolya Nádasdy. Huelga decir que la relación entre ambas fue extremadamente tensa, con la joven Erzsébet haciendo notar a Orsolya la superioridad de rango de su familia a la mínima ocasión.

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Publicado en on 20 septiembre, 2010 at 1:50 pm  Comentarios (2)  

Teresa Cabarrús

La Revolución Francesa es un período imprescindible en la Historia. Lo que aconteció en el país galo entre 1789 y 1799 marcó nuestro devenir como seres humanos, y supuso la entrada definitiva del mundo occidental en la modernidad y el abandono de las ideas medievales. Muchos son los nombres que destacaron en esos años: Robespierre, Danton, Marat, Napoleón, Luis XVI… Sin embargo, las mujeres han sido muchas veces obviadas de tan destacado evento, y las pocas de que se tiene noticia suelen salir muy mal paradas, empezando por la reina María Antonieta y terminando por la revolucionaria Charlotte Corday, de las que hablaremos próximamente. La mayoría fueron guillotinadas y, de aquellas que no lo fueron, sólo unas pocas han conseguido ser recordadas por méritos propios. Nuestra protagonista de hoy es una de esas mujeres a las que la Historia ha querido -aunque no siempre ha podido- olvidar: cortesana, instigadora política, amante de algunos de los hombres más poderosos de su época e integrante del grupo de las merveilleuses en el que también se integraron Josefina Bonaparte o Madame Récamier; pero sobre todo recordada por ser la que precipitó la caída de Robespierre y el fin del Terror. Su nombre: Teresa Cabarrús, más conocida por los franceses como Madame Tallien y por sus contemporáneos como Nuestra Señora de Thermidor.

ORÍGENES

Juana María Ignacia Teresa Cabarrús y Galabert vino al mundo en Carabanchel Alto, Madrid (zona hoy conocida como el barrio de Buenavista), el 31 de julio de 1773. Fue la única hija de Francisco Cabarrús, financiero de origen francés que llegaría a ser Ministro de Finanzas bajo el reinado de José I Bonaparte, y de su esposa, la aragonesa Antonia Galabert. La pequeña Teresa fue criada por nodrizas y monjas, ya que su padre estaba muy ocupado en sus negocios, entre otros fundar el Banco de San Carlos, germen de lo que terminaría siendo el actual Banco de España, en 1782. Su madre, por su parte, se dedicaba a socializar con otras damas de la alta sociedad española de la época, con lo que tenía poco tiempo para dedicar a su hija. Posiblemente, su trasiego de un convento a otro en esa época sería el origen de su futura aversión a todo cuanto tuviera que ver con la religión.

En 1785, durante un breve regreso al hogar, Teresa fue pretendida por uno de los hermanos de su madre, lo que supuso un verdadero escándalo en el seno familiar; eso, unido a los numerosos galanes que rondaban a la joven, decidió a Francisco Cabarrús a enviar a su hija a París, oficialmente para “completar su educación”. La verdadera razón, claro, era alejarla de toda esa serie de admiradores españoles poco recomendables y buscarle un buen partido en el país vecino. Acompañada por su madre (que imagino no quería perderse el glamour parisino), Teresa Cabarrús aterrizaba en la Ciudad Luz a principios del verano de 1785; tenía sólo 12 años y estaba a punto de iniciar el periplo que la situaría en el ojo del huracán revolucionario.

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Publicado en on 7 septiembre, 2010 at 12:50 pm  Dejar un comentario  

Boudicca

Los británicos son, como buen pueblo isleño, extremadamente celosos de su independencia. También han sido, en general, muy hostiles a todo cuanto viniese de fuera, lo que les ha convertido en un pueblo harto difícil de conquistar; de hecho, desde la invasión normanda de Guillermo el Conquistador, las Islas Británicas no han vuelto a caer en manos extranjeras, y de eso hace cerca de mil años.

Antes de que las tropas del duque de Normandía pusiesen pie en tierras inglesas, la isla había sufrido incursiones por parte de los sajones, y antes, de los vikingos daneses y noruegos. Si andamos aún más atrás en el tiempo, nos encontramos con que Inglaterra fue, durante casi cinco siglos, una de las fronteras más remotas del todopoderoso Imperio Romano. Es en esta época donde nos encontramos a nuestra protagonista de hoy, una reina guerrera que se enfrentó al loco, al tirano Nerón. Su nombre: Boudicca.

PRIMEROS AÑOS E INTERVENCIÓN ROMANA

Es poco lo que sabemos de Boudicca antes de su explosiva entrada en la Historia. Nació alrededor de 30 d.C., muy posiblemente en una familia de la nobleza icena. Los icenos eran una tribu celta que se movía en la zona de East Anglia, más o menos en los actuales condados de Norfolk y Suffolk. A los 15 años, aproximadamente, se casó con Prasutago, rey de la tribu, con quien tuvo dos hijas.

Prasutago era un rey cliente de Roma, lo que viene a querer decir que, a cambio de ciertos beneficios (entre los que se incluía una relativa libertad de movimientos), el pueblo iceno rendía tributo al invasor romano; el acuerdo también incluía la cesión de una parte de los territorios de la tribu a la muerte del rey.

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Publicado en on 2 agosto, 2010 at 6:54 pm  Dejar un comentario  
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