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Ana Bolena (ing.: Anne Boleyn) es, sin duda, uno de los personajes más controvertidos de la Historia universal. Vil robamaridos, ramera y usurpadora para unos, víctima inocente y mártir del protestantismo para otros, su influencia sobre la historia inglesa -y, por extensión, la europea- es a todas luces innegable. Bueno será, pues, que hagamos un repaso a su trayectoria vital.

PRIMEROS AÑOS

La fecha de nacimiento de Ana no está clara: hay quien dice que nació en 1504, y quien dice que lo hizo en 1507; empero, la fecha más probable es el verano de 1501, y ésa es la que daremos por buena aquí. La futura reina vino al mundo en Blickling Hall, la residencia familiar situada en Norfolk, al este de Inglaterra. Fue la segunda de los tres hijos de sir Thomas Boleyn, diplomático y amigo personal del rey Enrique VII, y de su esposa, lady Elizabeth Howard, hija del duque de Norfolk; antes de ella había nacido María (c.1499), y después lo haría George (c.1504).

En cualquier caso, las notables dotes políticas de Thomas Boleyn resultaron altamente beneficiosas para su familia: en los Países Bajos, sir Thomas se granjeó las simpatías de la archiduquesa Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano I, en cuyo nombre gobernaba las tierras holandesas. Tan impresionada quedó Margarita con el diplomático inglés, que le ofreció un lugar en su séquito para su hija Ana, aún cuando ésta no contaba con la edad preceptiva para ser dama de honor, fijada en los 12 años. En el año y medio que permaneció junto a la archiduquesa, Ana se ganó la admiración y el aprecio de la corte gracias a sus elegantes maneras, y a su dedicación al estudio.  Sin embargo, en octubre de 1514 Ana tuvo que abandonar los Países Bajos por orden paterna. Francia la esperaba.

FRANCIA

Ana fue enviada al país galo, junto a su hermana María, como dama de honor de María Tudor, la hermana del rey Enrique VIII, quien se había convertido en reina de Francia al casarse con el rey Luis XII. A la muerte de éste, sucedida unos meses después del enlace, le sucedió Francisco I, y Ana permaneció en la corte como dama de honor, esta vez de Claudia de Francia, la esposa de Francisco. Allí conocería y trabaría amistad con la hermana del rey, la célebre Margarita de Angulema, de quien se dice ilustró a Ana en los caminos de la religión reformada, así como de la literatura, la poesía y el humanismo. Sin embargo, lo más importante que Ana aprendería en Francia sería otra cosa. Durante su estancia en la corte gala, Ana aprendería y dominaría completamente las artes de la etiqueta, el charme y el savoir faire que tan célebre la harían posteriormente en su país natal. La joven inglesa adoptó como propios los comportamientos y modas franceses, considerados entonces como el epítome de la sofisticación y la elegancia.

En 1519, María Bolena fue enviada de regreso a Inglaterra, tras un sonado romance con el mismísimo rey Francisco I que haría que se la conociese en la corte francesa como “una grandissima ribalda, infame sopra tutti” (una gran prostituta, infame sobre todas). Para evitar más vergüenza, María fue casada con William Carey y se convirtió en dama de honor de la reina Catalina de Aragón, esposa de Enrique VIII; sin embargo, el escándalo perseguía a María allí a donde fuera: apenas unos meses después de su boda, la mayor de las Bolena inició un romance con Enrique VIII, fruto del cual nacerían dos hijos bastardos, que Carey acogió como propios.

Mientras tanto, Ana permanecía en Francia, ganándose la admiración y el respeto de todos por su encanto, elegancia y discreción. Aunque hay descripciones de Ana Bolena para todos los gustos, ciertamente no era el monstruo de seis dedos, tres pechos y un bulto informe en el cuello que describió Nicholas Sanders en 1586 (más de medio siglo después de su muerte); de haber sido así, hay pocas posibilidades de que hubiese servido en cualquier corte, y ya no digamos de que hubiese atraído al rey. En lo que sí coinciden la mayoría de los historiadores es en describirla como de estatura media, y de ojos y cabellos oscuros, así como piel olivácea, lo que sin duda sí atrajo la atención de Enrique VIII, acostumbrado como estaba el rey a las rubias y pálidas cortesanas inglesas.

REGRESO A INGLATERRA

En 1521, ante la amenaza de guerra entre Inglaterra y Francia, Ana regresó a su país natal, donde debía casarse con su primo irlandés, James Butler, para solucionar una disputa sobre la posesión del condado de Ormonde. Por razones que se desconocen, las negociaciones del matrimonio entre James y Ana quedaron en punto muerto, y él terminaría casándose con una tal lady Joan Fitzgerald. Tras este fracaso, Ana se integró en la corte inglesa; su primera aparición en escena está datada el 4 de marzo de 1522, cuando participó en un espectáculo en honor de los embajadores imperiales junto a otras damas (entre las que se encontraba la hermana del rey, María), y donde interpretó a la Perseverancia.

En poco tiempo, Ana Bolena se convirtió en la mujer de moda en la corte inglesa: sus estilos marcaban moda, su ingenio e inteligencia eran aplaudidos por todos, era una excelente bailarina, cantaba y tocaba el laúd, y, evidentemente, hablaba francés a la perfección. Gracias a todas estas cualidades, Ana pasó a ser la estrella del momento, siendo cortejada por numerosos jóvenes nobles que se sentían atraídos por su rara belleza y su temperamento; entre ellos, Henry Percy, hijo del conde de Northumberland. Parece que Ana estaba sinceramente enamorada del joven Percy, hasta el punto de que ambos se comprometieron secretamente en 1523; sin embargo, el romance terminaría francamente mal, cuando el padre de Henry descubrió lo sucedido: obligó a Henry a renunciar a su compromiso con Ana, y le hizo casarse con lady Mary Talbot, hija del conde de Shrewsbury. El responsable de la situación fue el cardenal Thomas Wolsey, canciller y limosnero del rey, hacia quien Ana sintió siempre un rencor imborrable; tanto, que en 1529 conseguiría que Wolsey fuese detenido y exiliado a Yorkshire, de donde regresaría, acusado de traición, por… Henry Percy. Wolsey falleció en el viaje de Yorkshire a Londres, ahorrándose así un destino peor a manos de los dos vengativos ex amantes.

Tras el affaire Percy, Ana fue enviada por su padre al campo, a la mansión familiar de Hever, donde permaneció por un tiempo alejada del mundanal ruido. Poco imaginaba sir Thomas Boleyn que la mayor de las tormentas estaba aún por estallar.

ENRIQUE VIII ENTRA EN ESCENA

Ana se reintegró a sus funciones como dama de honor de la reina Catalina de Aragón, y de nuevo volvió a brillar como solía, aunque esta vez manteniéndose a buena distancia de los jóvenes aristócratas que pudiesen pretenderla. En algún momento entre 1525 y 1526, pasó lo que tenía que pasar: Ana fue “descubierta” por Enrique VIII, quien se encaprichó inmediatamente de ella. Sin embargo, escarmentada por el ejemplo de su hermana María, Ana rechazó de pleno las insinuaciones de Enrique.

Ni que decir tiene que las negativas de Ana no hicieron sino aumentar la atracción que el rey sentía hacia ella. En lugar de dedicarse a perseguir a otras damas mejor dispuestas, Enrique decidió perseguir a Ana de forma incansable, incluso cuando ella se retiró de nuevo a Hever para huir de sus atenciones.

No sabemos quién de los dos tuvo primero la idea, pero lo cierto es que Enrique terminó proponiéndole matrimonio, oferta que Ana aceptó. Sin embargo, quién sabe si movida por la ambición, o por el miedo a ser descartada como su hermana, le negó a Enrique las relaciones sexuales hasta que estuviesen casados. Para Ana, la historia se había convertido en una arriesgada apuesta a doble o nada. Donde el doble era sustituir a la reina Catalina en la cama y en el trono; un premio nada desdeñable para alguien de su condición.

Siempre se ha visto a Ana Bolena como la responsable última del divorcio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón. Lo cierto es que, si bien Ana fue el catalizador, ya hacía algún tiempo que el rey inglés buscaba la forma de anular su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos, ya que ésta no le había proporcionado un heredero varón, y, debido a su edad, no iba a poder hacerlo en un futuro. Sólo una hija, María, había sobrevivido a la infancia, y Enrique recordaba muy bien la experiencia de su padre, Enrique VII, quien había subido al trono tras la sangrienta Guerra de las Dos Rosas, como para permitir que el futuro de la casa Tudor quedase en manos de una niña que, por demás, no parecía gozar de buena salud. Así las cosas, Enrique solicitó la anulación del matrimonio al Vaticano en 1527.

La reclamación de Enrique tenía como base el libro del Levítico, según el cual, si un hombre desposa a la mujer de su hermano (como era el caso de Catalina, que había estado casada brevemente con el hermano de Enrique, Arturo, fallecido pocos meses después de la boda), el matrimonio estaría maldito y no tendrían hijos. Eso no explicaba la existencia de María, claro, pero es que, para un misógino como Enrique, sólo los hijos varones eran dignos de consideración; tampoco tuvo en cuenta otro libro bíblico, el Deuteronomio, en el que se dice justo lo contrario. Cosas del despiste, supongo.

En cualquier caso, el papa Clemente VII no parecía muy por la labor de conceder la tan ansiada anulación; entre otras cosas, porque Catalina era tía del emperador Carlos V, quien acababa de saquear Roma y tenía al Papa prácticamente en su poder. Tampoco ayudó el hecho de que, a partir de 1528 (y a resultas de un brote de sudor inglés –sweating sickness– que a punto estuvo de acabar con la vida de Ana), todo el mundo supiese de la relación entre el rey y la dama de honor. Así pues, Enrique depositó plenos poderes en la figura del cardenal Wolsey para que negociase la anulación con el Papa. Pero Wolsey fue demasiado lejos: organizó una corte eclesiástica en Inglaterra, a donde el Papa debería enviar un legado, para discutir el tema en suelo inglés; el legado, no obstante, no tenía permiso para otorgar la anulación y, en lugar de eso, el Papa prohibió terminantemente a Enrique contraer matrimonio hasta que el tema se discutiese en Roma, y no en Inglaterra. Ése fue el golpe de gracia a la figura de Wolsey, cuyo destino final hemos relatado más arriba.

Con Wolsey muerto, Ana se convirtió en la persona más poderosa de la corte; en 1531, Catalina de Aragón fue expulsada de la corte, y sus aposentos fueron entregados a Ana.

REINA ANA

Ana Bolena no era popular, ni querida por los súbditos de Enrique. La bondad y buen hacer de Catalina de Aragón habían calado hondo en el pueblo, que percibía a Ana como una vulgar usurpadora. Tampoco ayudaba mucho el que Ana fuese altiva y en extremo rencorosa. Viendo que el tiempo se le agotaba, Ana orientó a Enrique hacia extremistas religiosos como William Tyndale, quien negaba la autoridad papal y defendía la posición del rey como cabeza de la iglesia. Cuando el Arzobispo de Canterbury -la máxima autoridad religiosa del país- falleció, Ana consiguió que su sustituto fuese Thomas Cranmer, capellán de la familia Bolena. También apoyó el meteórico ascenso del radical Thomas Cromwell, quien jugaría un papel determinante en la ruptura final de Enrique con el Vaticano.

Retrato idealizado de Ana Bolena, posiblemente del siglo XVII

El 1 de septiembre de 1532, Ana recibió el título de marquesa de Pembroke; su padre, a quien Enrique ya había nombrado Vizconde Rochford, recibió el de conde de Wiltshire, y su hermana María obtuvo una pensión vitalicia de 100 libras anuales, así como una prestigiosa educación para su hijo Henry (posiblemente hijo también de Enrique), quien ingresó en un monasterio. Poco después, Enrique y Ana se reunieron con Francisco I en Calais -entonces todavía en posesión inglesa-, con tal de recabar el apoyo del rey francés a su matrimonio; aunque éste era súbdito leal del Papa, y por tanto no podía apoyar públicamente la pretensión de Enrique, sí dio su aprobación tácita al plan. Satisfecha con el resultado obtenido, la pareja regresó a Inglaterra.

Ya en abril, Thomas Cromwell había llevado ante el Parlamento la célebre Acta de Sumisión del Clero, por la cual se reconocía al rey como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. El golpe final de Enrique al Vaticano llegó sólo poner el pie en Dover: él y Ana se casaron en una ceremonia secreta, reconocida únicamente por la Iglesia de Inglaterra. Apenas unos meses después, Ana quedó embarazada. Su triunfo estaba cerca de ser completado.

LA MÁS FELIZ

El 25 de enero de 1533, el matrimonio de Enrique VIII y Ana Bolena fue ratificado con una segunda ceremonia, esta vez celebrada en Londres. A partir de ese momento, los acontecimientos se desarrollaron a un ritmo vertiginoso: el 23 de mayo, Cranmer declaró nulo y sin validez el matrimonio de Enrique y Catalina -lo que convertía a su hija, María, en bastarda-. Cinco días después, el 28 de mayo, el arzobispo declaró válido y legal el matrimonio de Enrique y Ana. Sólo cuatro días después, el 1 de junio, Ana Bolena fue coronada reina consorte de Inglaterra. Como lema personal eligió “The Most Happy” (“La Más Feliz”).

Tras la coronación, Ana se retiró para preparar el nacimiento de su hijo. Cuenta la leyenda que un adivino pronosticó a Ana que daría a luz al monarca más grande de la historia de Inglaterra. Imaginamos, pues, que Ana debió pensar aquello de “otra vez será” cuando, el 7 de septiembre de 1533, dio a luz a una niña en el palacio de Placentia. La pequeña, nacida algo prematura, recibiría el mismo nombre que sus dos abuelas: Isabel.

Temiendo que María resultase un obstáculo para la posición de Isabel, Ana consiguió que la joven, de 17 años a la sazón, fuese separada de todos los que la apoyaban, siendo enviada a Hatfield House -donde vivía Isabel-, prácticamente en calidad de sirvienta. Aunque Ana y Enrique disfrutaron de un matrimonio bastante bien avenido, su inteligencia, ingenio y fuerte temperamento, que tan apetecibles habían sido para Enrique, eran ahora intolerables en su posición de esposa y reina. En la Navidad de 1534, Ana sufrió un aborto y Enrique discutió por primera vez con Cromwell y Cranmer la posibilidad de dejar a Ana sin tener que volver con Catalina. Sin embargo las aguas volvieron a su cauce y, en octubre de 1535, la reina volvía a estar embarazada.

Ana era consciente de que, si no daba un heredero varón a Enrique, no sólo no afianzaría su posición, sino que también pondría en peligro su vida. Cuando sorprendió a una de sus damas de honor, Jane Seymour, sentada en las rodillas de su marido, supo que aquel embarazo debía llegar a buen término a cualquier precio.

CAÍDA Y MUERTE DE ANA BOLENA

El 8 de enero de 1536, Catalina de Aragón falleció en Kimbolton, probablemente a causa de un cáncer de corazón. Como quiera que tanto Enrique como Ana mostraron su alegría ante el suceso (si bien no lo celebraron, como se ha dicho muchas veces), no faltaron los rumores que sugerían que la desdichada española había sido envenenada, y ambos cónyugues eran sospechosos del supuesto crimen. No obstante, y a sabiendas de que, con Catalina muerta, Enrique no tenía ningún impedimento para volver a casarse de forma legal, Ana moderó su carácter, e incluso intentó hacer las paces con María. En este aspecto en particular, se topó con el rechazo de la joven, quien seguía considerando a Ana como “la puta francesa” (nombre que también le daba el pueblo llano, por otra parte).

El 29 de enero de 1536, al tiempo que Catalina de Aragón era enterrada en la catedral de Peterborough, Ana sufrió un aborto. Era un niño. Se dice que, tras conocer la noticia, Ana se lamentó: “He abortado de mi salvador”. Mientras ella se recuperaba, Enrique declaró que había sido “hechizado” por Ana, al tiempo que su nueva amante, Jane Seymour, ocupaba el lugar de Ana en los aposentos reales. Era el principio del fin.

Escarmentado por lo que había sucedido con Catalina, Enrique no estaba dispuesto a pasar de nuevo por el mismo calvario que había padecido con su primera esposa, y se propuso destruir a Ana por completo. Thomas Cromwell, cuyo ascenso se debía enteramente a Ana, se prestó rápidamente a dar el golpe que debía eliminar a la reina de un plumazo, y convenció al rey para que iniciase una investigación por cargos de traición contra Ana. Si la cadena de eventos que llevó a la coronación de Ana Bolena fue vertiginosa, la que condujo a su caída y muerte fue incluso más veloz.

El 30 de abril, un músico al servicio de Ana, de nombre Mark Smeaton, fue arrestado y, bajo tortura, confesó haber sido amante de la reina. En los días siguientes también fueron arrestados Henry Norris, sir Francis Weston y William Brereton, todos acusados de adulterio con la reina. El golpe de efecto final fue dado el 1 de mayo, al arrestar al propio hermano de Ana, George Boleyn, Lord Rochford, bajo los cargos de incesto, adulterio y traición. Para este último arresto, Enrique contó con la colaboración de Jane, la esposa de George, quien declaró en contra de su marido.

Ana Bolena en la Torre, por Edouard Cibot

El 2 de mayo, Ana fue detenida en Greenwich y, tras leerle los cargos de que se la acusaba, fue trasladada a la Torre de Londres. Para mayor humillación, fue llevada por el mismo camino que había recorrido en el desfile de su coronación, y encerrada en los mismos aposentos que había ocupado aquel espléndido día. Allí, Ana sufrió una crisis nerviosa, de la que estaría entrando y saliendo hasta el final. El 12 de mayo, Smeaton, Norris, Weston y Brereton fueron juzgados en Westminster sin que se les permitiera defenderse. Sólo el primero se declaró culpable, aunque los cuatro fueron condenados a morir ahorcados en Tyburn.

El 15 de mayo, los infortunados hermanos Bolena fueron juzgados por separado. Se calcula que al juicio, celebrado en el Gran Salón de la Torre de Londres, acudieron más de 2000 personas. A pesar de su reacción anterior, Ana se mostró calmada y digna, negando todos los cargos que se le imputaban. George fue juzgado después, y ambos fueron hallados culpables y sentenciados a muerte. Por una cruel ironía del destino, uno de los que tuvieron que votar la muerte de Ana Bolena fue su amor de juventud, Henry Percy; tras emitir su voto se desmayó, y tuvo que ser sacado de la sala. Henry moriría un año después de que lo hicera Ana, devorado por los remordimientos.

George fue ejecutado en Tower Green el 17 de mayo. Mientras, en la Torre, Ana volvió a sumirse en una crisis nerviosa, que alteraba con estados de completa lucidez. Cuando fue informada que un verdugo había sido llamado desde Calais para que cortase su cabeza con una espada (en lugar de con el hacha tradicional, en consideración a su condición de reina), comentó: “No tendrá demasiados problemas, tengo un cuello pequeño”. Ese mismo día, Enrique procedió a anular su matrimonio con Ana, declarándolo no válido (con lo cual, Ana nunca podría haber cometido adulterio, hecho que, obviamente, se pasó por alto), y convirtiendo a Isabel en bastarda, igual que María.

La mañana del viernes, 19 de mayo de 1536, la multitud que había acudido a la Torre de Londres para ver morir a una reina tuvo que esperar fuera. Ana Bolena fue ejecutada en el interior de la Torre, en un tajo erigido en el patio norte, al lado de lo que hoy son los Barracones Waterloo, y cuyo emplazamiento está marcado por una placa metálica. Efectivamente, el verdugo no tuvo muchos problemas, y cercenó la cabeza de Ana de un único y certero golpe de espada. Como Enrique ni siquiera preparó un ataúd para ella, el cuerpo y la cabeza de la ex reina fueron colocados en una caja de flechas y enterrados en una tumba sin marcar en la capilla de St.Peter ad Vincula. Más de 300 años después, durante el reinado de la reina Victoria, unas reformas en la capilla sacaron su cuerpo a la luz y fue enterrado convenientemente, con una placa de mármol indicando el lugar donde descansan sus restos.

Irónicamente, Ana Bolena consiguió tras su muerte aquello que no había logrado en vida: ser querida y llorada por sus súbditos, que la convirtieron en mártir de la tiranía de Enrique VIII y en la heroína protestante que salvó a Inglaterra de los males del catolicismo. El 17 de noviembre de 1558, 22 años después de la muerte de Ana, su hija Isabel ascendía al trono de Inglaterra como Isabel I. La profecía de aquél adivino se había cumplido: Ana Bolena había dado a luz al monarca más grande de la historia de su nación.

BIBLIOGRAFÍA

  • Denny, Joanna, Anne Boleyn: A new life of England’s tragic Queen, Portrait, London, 2005
  • Fraser, Antonia, Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007
  • Ives, Eric, The Life and Death of Anne Boleyn, Blackwell, Oxford, 2004
  • Starkey, David, Six Wives: The Queens of Henry VIII, Random House, New York, 2004
  • Warnicke, Retha M., The Rise and Fall of Anne Boleyn: Family Politics at the Court of Henry VIII, CUP, Cambridge, 1991

20 pensamientos en “Ana Bolena

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  10. Hola, a mi me encanta la historia de Ana Bolena, es muy interesante nunca me aburro de leerla, aunque si me quedo como que WOW esa tipa si era………Haha mejor no lo digo xD pero me encanta su historia ella tuvo que ser muy hermosa ya que causo Obsecion por Enrique VIII, ella fue pila inmediatamente dijo “Yo no quiero ser tu simple amante” lastima que la ambicion le gano

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