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Hay personajes de la Historia que han recibido un trato absolutamente injusto, por motivos varios. Uno de los más denostados a lo largo de los siglos es nuestra protagonista de hoy; una mujer a la que se acusó de envenenadora, de instigadora política, y de otras cosas mucho peores, cuando en realidad no fue nada de ello, y sí una persona profundamente infeliz: Lucrecia Borgia.

PRIMEROS AÑOS

Lucrecia Borgia (ita.: Lucrezia Borgia) vino al mundo en Subiaco, una pequeña localidad situada a unos 70 km. de Roma, el 18 de abril de 1480. Fue la tercera de los cuatro hijos ilegítimos habidos de la relación entre Rodrigo Borgia, cardenal y vicecanciller del Papa, de origen valenciano (su verdadero nombre era Roderic Llançol de Borja), y de Giovanna Vannozza Cattanei. Junto a sus tres hermanos varones, Juan, César y Jofré, formaron la familia “oficial” de Rodrigo Borgia, a pesar de que éste tuvo hasta cuatro hijos más: Jerónima, Isabel y Pedro Luis, de una relación de juventud, y Laura, habida de su relación con Julia Farnesio, una vez convertido en Papa con el nombre de Alejandro VI.

La infancia de Lucrecia transcurrió como la de cualquier niña noble de la época: fue educada en Roma por su ama, Adriana de Milà (prima de Rodrigo), y recibió instrucción en arte, literatura, música, danza y latín, todo ello considerado indispensable en la educación de una dama de buena familia. En esos años infantiles, se educó junto a su hermano César, lo que afianzaría la relación entre ambos que luego daría lugar a los rumores de incesto que se hicieron populares ya en vida de los dos hermanos.

También como cualquier muchacha noble de la época, Lucrecia estaba destinada a convertirse en peón matrimonial de su familia: ya en fecha tan temprana como 1490, cuando sólo tenía 10 años, fue comprometida con Querubí Joan de Centelles, un valenciano pariente de los Condes de Oliva; tras romperse el compromiso, Rodrigo la volvió a comprometer, meses después, con Gaspar de Pròixida, conde de Almenara, compromiso que se anularía al convertirse Rodrigo en Papa, en 1492. Las relaciones de Lucrecia con los hombres, sus compromisos y matrimonios, marcarían de principio a fin su existencia, siendo la fuente principal de sus pesares y, como veremos más adelante, también de buena parte de la terrible e injusta leyenda negra que se le vino encima.

MATRIMONIO CON GIOVANNI SFORZA

Como ya hemos dicho, el 11 de agosto de 1492 Rodrigo Borgia ascendería al Papado, con el nombre de Alejandro VI, que escogió al creerse una reencarnación viva del mismísimo Alejandro Magno. En ese momento, Alejandro empezó a pensar en una unión más ventajosa para su hija, puesto que ahora se encontraba en la cima de la Cristiandad. El elegido para ella fue Giovanni Sforza, señor de Pésaro y sobrino del duque de Milán, Ludovico el Moro. Giovanni, cuya primera esposa había fallecido a causa de fiebres puerperales, tenía 26 años; Lucrecia, tan sólo 13. La unión, celebrada el 12 de junio de 1493 en el Vaticano, tenía como objetivo mantener a Milán dentro de la órbita de poder Papal, ya que el poderoso ducado hacía tiempo que amenazaba con una alianza con la vecina Francia, lo que dejaría las puertas abiertas al rey francés, Carlos VIII, para una hipotética invasión de la península itálica.

Durante cuatro años, Lucrecia y Giovanni vivieron en relativa tranquilidad entre Roma y Pésaro, hasta que en 1497 Milán se alió definitivamente con Francia. Así pues, el matrimonio entre ambos no era ya conveniente para el Papa, y la presencia de Giovanni en el Vaticano se hizo inconveniente e incluso peligrosa. Es posible que el Papa ordenase incluso el asesinato de Giovanni, aunque éste es un extremo que nunca ha sido demostrado. En cualquier caso, alertado por los muchos signos que indicaban una conspiración en su contra (puede que incluso advertido por la propia Lucrecia), Giovanni abandonó Roma y se refugió en Milán. Así pues, Alejandro VI tuvo que buscar otra forma de deshacerse de su incómodo yerno, contando para ello con la inestimable colaboración de su hijo César, a la sazón cardenal de la Iglesia Católica.

Lo primero que intentó Alejandro fue pedir al tío de Giovanni, el cardenal Ascanio Sforza, que convenciera a éste para dar su consentimiento al divorcio. Sin embargo Giovanni se negó, y entonces los Borgia pasaron a utilizar la artillería pesada: los rumores que recorrían Roma acerca de la impotencia, e incluso de la supuesta homosexualidad, de Giovanni Sforza, que lo habrían llevado a no consumar su matrimonio. Como la no consumación podía alegarse como motivo para la anulación de un matrimonio, se procedió a separar al matrimonio, ofreciendo la dote completa de Lucrecia como compensación. Como quiera que Giovanni parecía aún reacio a aceptarla, la familia Sforza amenazó con retirar su protección, lo que equivalía a dejar a Giovanni a merced de las numerosas conspiraciones de los Borgia. Así las cosas, Giovanni aceptó la anulación y firmó su confesión de impotencia unos meses después.

EL INICIO DE LA LEYENDA NEGRA

Es precisamente en esta época cuando se inicia la leyenda negra que rodea a la figura de Lucrecia Borgia. Y el responsable de ella, en buena medida, es el propio Giovanni Sforza, quien lanzó el primer dardo en dirección al incesto, al señalar que el Papa le había arrebatado a su esposa para poderla disfrutar él. Los rumores se empezaban a arremolinar en torno al Vaticano.

Poco después de que se hiciese efectivo el divorcio de Lucrecia y Giovanni, en 1498, tendría lugar un hecho que no haría más que aumentar los rumores: Lucrecia, que había sido recluida en un monasterio durante todo el proceso de divorcio, dio a luz a un niño. El pequeño, que recibiría el nombre de Giovanni Borgia -a pesar de que se le conocería popularmente como el Infante Romano (Infans Romanus)-, es uno de los mayores misterios de la vida de Lucrecia Borgia: nada se sabe de las circunstancias de su nacimiento, su paternidad es dudosa y su vida se pierde en las brumas de la historia, muriendo en una absoluta oscuridad tras las desapariciones de los distintos miembros de su poderosa familia.

Sin embargo, en su día la cuestión de la paternidad del Infante Romano salpicó de un escándalo sin precedentes a los Borgia: en un movimiento poco prudente, Alejandro VI emitió dos bulas concernientes a la cuestión que dañaron irreparablemente la reputación de la familia, pero especialmente la de Lucrecia. La primera, que es la que se hizo pública, adjudicaba la paternidad del niño a César Borgia, de madre desconocida; este punto fue reforzado cuando, en 1502, César otorgó al pequeño el ducado de Camerino, ciudad que había conquistado recientemente. La segunda bula, que se mantuvo oculta durante decenas de años, otorgaba la paternidad al mismísimo Alejandro VI, aunque el nombre de Lucrecia como madre no se mencionaba en ninguno de los dos documentos. En cualquier caso, el pueblo dio pábulo a la historia de que el pequeño Giovanni era hijo de una relación incestuosa, a la par que adúltera (puesto que Lucrecia estaba aún casada con Giovanni Sforza cuando quedó embarazada), entre César y Lucrecia Borgia. La terrible maquinaria que emborronaría para siempre la reputación de Lucrecia se acababa de poner en marcha.

Lo cierto es que la hipótesis más probable es que el padre de la criatura fuese un joven aragonés, de nombre Pedro Calderón -más conocido en Roma como Perotto-, que sirvió como mensajero entre el Papa y su hija durante los meses que ésta pasó recluida en el monasterio. Parece ser que Perotto reconoció ser el padre del niño cuando Lucrecia estaba aún embarazada; sin embargo, su figura desaparece repentinamente de esta historia, sin que volvamos a saber nada de él, con lo que podemos asumir que, o bien regresó a España, o bien los Borgia se encargaron de que no hablase más de la cuenta. Es algo que posiblemente nunca sabremos.

Mientras el pueblo se pregunta quién es el padre del Infante Romano, Lucrecia Borgia, de sólo 17 años, sigue andando hacia su destino, guiada por su padre y su hermano. Apenas unos meses después del nacimiento de Giovanni (quien, por cierto, habría recibido su nombre en honor a Juan Borgia, el hermano de Lucrecia y César, asesinado en verano de 1497, y de cuya muerte se culpó a César), Lucrecia contraería matrimonio por segunda vez.

MATRIMONIO CON ALFONSO DE ARAGÓN

Tras la debacle de la alianza con Milán, Alejandro VI buscó mejores oportunidades, esta vez en el sur de la península itálica. Y los depositarios de tal alianza fueron ni más ni menos que la casa de Aragón, gobernantes de Nápoles y parientes de sangre de los Reyes Católicos. El elegido para ser el nuevo esposo de Lucrecia sería Alfonso de Aragón, duque de Bisceglie e hijo bastardo del rey Alfonso II de Nápoles (quien, a su vez, era primo hermano de Fernando II de Aragón); el enlace culminaba con un “doble cierre” la alianza vaticano-aragonesa, ya que, cuatro años antes, Jofré, el hermano menor de Lucrecia, se había casado con la hermana mayor de Alfonso, la también bastarda Sancha de Aragón.

Alfonso era un buen mocetón, unos meses más joven que su esposa, y, si hay que creer a las fuentes de la época, amaba sinceramente a Lucrecia. El muchacho era tan estupendo que cayó bien incluso al siempre receloso César, quien le brindó su amistad impresionado por sus muchas buenas cualidades. Lamentablemente, esta amistad sería efímera, y traería con su final el dolor y la desgracia para todos los vértices del extraño triángulo formado por Alfonso, Lucrecia y César.

Las maniobras políticas que se cocían en la península itálica solían cambiar las lealtades con la facilidad con que cambia el viento; esto fue lo que sucedió con la alianza entre los Borgia y los Aragón. A pesar de sus muchos enfrentamientos con los franceses, los Borgia eran ahora aliados de su rey, Luis XII, gracias a las habilidades políticas de César Borgia; éste había viajado a la corte parisina, donde el rey lo había abrazado como a un hermano, le había otorgado el título de duque de Valentinois -motivo por el que se le conocería en Italia como il Valentino-, e incluso le habían buscado una esposa francesa, Carlota de Albret, pariente del rey de Navarra. Pero Luis XII ambicionaba hacerse con el reino de Nápoles, que se encontraba en manos de la familia de Alfonso, de modo que, presto a romper esa alianza tan inconveniente, César resolvió la eliminación de su cuñado.

Una noche de julio de 1500, Alfonso fue brutalmente agredido por unos desconocidos mientras paseaba por los jardines vaticanos. Sin embargo, su condición de hombre joven y robusto evitó su muerte, y fue trasladado a las dependencias de Lucrecia, donde ésta y su hermana, Sancha, cuidaron de él. Sospechando quién era el responsable de su agresión, Alfonso ordenó a sus hombres que disparasen contra César un día que éste paseaba, también por los jardines. Pocos días después, César se las ingenió para que Lucrecia y Sancha abandonasen los aposentos de Alfonso, momento en el que éste fue estrangulado por uno de los sirvientes del Valentino. Lucrecia jamás perdonó a César el asesinato de su esposo; por otro lado, no obstante, siguió queriéndole con locura. Si bien las relaciones entre Lucrecia y César Borgia nunca terminarán de quedar esclarecidas, es cierto que él fue, después de su padre, el hombre más importante de su vida y que, a pesar de todas las desgracias que le provocó, Lucrecia lo adoraba.

Por supuesto, la leyenda negra hizo acto de aparición, y convirtió el asesinato de Alfonso de Aragón en un crimen pasional. Según los libelos, el alejamiento de Lucrecia, quien disfrutaba de un matrimonio feliz con Alfonso, unido a la sífilis que padeció César en esa época, y que dejaría visibles marcas en su rostro y en su cuerpo (motivo por el cual empezó a vestirse de negro y a llevar máscaras en público), desataron los celos y el odio de César Borgia hacia su cuñado, y habría ordenado su muerte para así recuperar a Lucrecia. Claro que eso no explica el ensañamiento posterior de los soldados borgianos con Sancha, la hermana de Alfonso.

Fuesen los que fuesen los motivos de la muerte de Alfonso de Aragón, lo cierto es que el Papa estaba deseoso de establecer una nueva alianza y, aunque Lucrecia se negó en redondo, lo cierto es que tuvo que terminar claudicando; para más dolor, su nuevo marido también se llamaría Alfonso: sería Alfonso d’Este, hijo mayor de Ercole d’Este y duque de Ferrara.

MATRIMONIO CON ALFONSO D’ESTE

En los mese que siguieron a la muerte de Alfonso de Aragón, Lucrecia Borgia desempeñó el que probablemente fue el trabajo más importante de su vida: el de administradora de la Iglesia y el Vaticano. Fue duramente criticada por ello, por su condición de mujer, y también por su juventud e inexperiencia, aunque lo cierto es que desarrolló su trabajo con eficacia. En cualquier caso, los planes de boda siguieron adelante y, el 2 de febrero de 1502, Lucrecia se casaba por poderes con Alfonso d’Este en el Vaticano. Unos pocos meses después, partió de Roma con destino a Ferrara, su nuevo hogar. Jamás volvería a ver a su padre y a su hermano con vida.

En la corte de Ferrara halló Lucrecia Borgia el remanso de paz que siempre buscó: se trataba de una corte refinada, culta, repleta de artistas a los que Lucrecia acogió y protegió, entre ellos el célebre poeta Pietro Bembo, con quien, por supuesto, los libelos le adjudicaron una relación adúltera. Además, mantuvo una gran amistad con su cuñada, Isabella d’Este, hermana de Alfonso y marquesa de Mantua, a pesar de los rumores que la relacionaban, una vez más, con el marido de Isabella, el bisexual Francesco II Gonzaga, marqués de Mantua.

Pero quien crea que Lucrecia se estuvo quieta durante aquellos años está equivocado. Si bien la muerte de Alejandro VI, acaecida el 18 de julio de 1503 -posiblemente envenenado-, la dejó en una situación delicada frente a los enemigos de los Borgia, Lucrecia no dejó de preocuparse por su familia, e intercedió en numerosas ocasiones por la vida de su hermano César, quien por aquél entonces ya había iniciado su periplo de prisión en prisión por buena parte de Italia y España. Aunque poco podría hacer para salvar su vida, ya que César Borgia, el gran general de los Estados Pontificios y azote de Europa, moriría como había vivido: en combate contra un grupo de mercenarios, que lo alancearían hasta la muerte el 12 de marzo de 1507 en la ciudad de Viana (Navarra), cuando tenía sólo 31 años de edad. La muerte de César -que se halla enterrado en la iglesia de Santa María de Viana- afectó profundamente a Lucrecia, quien sin embargo continuaría con su labor de mecenazgo, y que incluso actuaría como lugarteniente de su esposo en las numerosas guerras que éste mantuvo contra el Vaticano, ahora en manos de declarados enemigos de los Borgia como Julio II (Giuliano della’Rovere) o León X (Giovanni de Médici, antiguo amigo de juventud de César Borgia). Eventualmente, la familia d’Este terminaría perdiendo el ducado de Ferrara a manos del Vaticano, aunque eso sería años después de la muerte de Lucrecia Borgia.

Y ésta se produciría como la mayoría de muertes femeninas en la época: a causa de fiebres puerperales. Lucrecia daría a luz a ocho hijos con Alfonso d’Este (más los dos que había tenido anteriormente, el Infante Romano y Rodrigo de Aragón, hijo de Alfonso de Aragón), de los que sobrevivirían seis: Ercole (que heredaría el ducado de Ferrara), Ippolito, Alessandro, Francesco, Leonora e Isabella Maria. Precisamente fue en el nacimiento de ésta última cuando Lucrecia contrajo las fiebres que la llevarían a la muerte, el 24 de junio de 1519. Tenía tan sólo 39 años, y estaba muy lejos de encontrar la paz.

LA LEYENDA NEGRA

La desgracia personal de Lucrecia Borgia trascendió su vida mortal, pues todavía hoy, casi quinientos años después de su muerte, se sigue vinculando su figura a envenenamientos e instigaciones políticas. Nada más lejos de la realidad, como hemos visto.

Si bien los rumores acerca de la relación de Lucrecia con su padre y sus hermanos, César y Juan, aparecieron ya en vida de todos los protagonistas de la historia (recordemos las palabras de Giovanni Sforza, alegando que el Papa quería “disfrutar” de su hija en exclusividad). Posiblemente el libelo más dañino fue la célebre Carta a Silvio Savelli, de autoría anónima; aparecida en Tarento (ciudad ubicada en la Península Salentina, también conocida como el “tacón” de la bota italiana) el 15 de noviembre de 1501, se la conoce también como la lettera antiborgiana (la carta antiborgiana), y acusaba a los Borgia de todos los crímenes imaginables: incesto, apuñalamientos, envenenamientos… La carta comparaba a los Borgia con los mismísimos Calígula o Nerón, afirmando que César secuestraba mujeres en sus campañas militares para crear su propio harén (toda vez que, paradójicamente, lo acusaba de mantener relaciones homosexuales con uno de sus capitanes, Astorre Manfredi). O, en una historia absolutamente delirante, explicaba cómo, durante los festejos de la boda de Lucrecia y Alfonso de Aragón, se produjo una inenarrable orgía, consistente en una cincuentena de cortesanas desnudas, que debían recoger unas castañas de oro esparcidas por el suelo, de tal forma que los hombres presentes debían tener relaciones con cuantas más mujeres mejor, ganando la competición aquél que consiguiera hacerlo con más mujeres. A estos rumores contribuyó el trabajo de uno de los mayores enemigos que jamás tuvo Alejandro VI, el maestro de ceremonias vaticano Johann Burkhardt, en cuyo Liber Notarum aparecen descritos éstos y otros comportamientos similares de los miembros del clan Borgia, incluyendo la morbosa y truculenta descripción de la muerte por envenenamiento de Alejandro VI, que no escatima en detalles.

Otros autores posteriores, como Tommaso Tommasi (Vita del duca Valentino, 1655), Friedrich M. Klinger (Fausts Leben. Taten und Höllenfahrt, 1791) o el mismísimo Voltaire (Essai sur les moeurs, 1756), contribuyeron a afianzar la leyenda negra borgiana. Pero el responsable máximo de la leyenda negra que rodea a Lucrecia Borgia es uno de los autores más famosos de la historia: el francés Victor Hugo. El autor de “Los Miserables” publicó en 1831 una obra de teatro, “Lucrèce Borgia”, en la que convierte a nuestra protagonista en una mujer inmoral, una femme fatale que instiga, envenena y comete todos y cada uno de los crímenes de los que se la había acusado, fijando para siempre en el imaginario colectivo la imagen de Lucrecia Borgia como envenenadora al servicio del Papa. La traslación de la obra de Hugo a la ópera, en la “Lucrezia Borgia” de Gaetano Donizetti, hizo el resto.

Tras la canonización de san Francisco de Borja (sobrino-nieto de Lucrecia, y nieto de su hermano Juan), la leyenda negra se topó con el freno del prestigio moral de tan insigne personaje, deviniendo en dos corrientes bien diferenciadas: aquella que niega que Alejandro VI fuera un Borja, sino que provendría de una rama segundona de la familia de la que habría adoptado el apellido por razones políticas; y la que asegura que el Papa sí era un Borja, pero que César, Juan, Lucrecia y Jofré no eran sus hijos, sino que serían hijos de un pariente de Alejandro VI quienes, tras quedar huérfanos, habrían sido adoptados por el entonces cardenal. El propio Instituto Internacional de Estudios Borgianos, en el que trabajan los mayores especialistas del mundo en la familia Borgia, niega ambas posibilidades, atribuyéndolas a un intento de limpiar los orígenes del santo jesuita.

En los últimos años, se ha producido una corriente revisionista que nos muestra la otra cara de la moneda de la historia borgiana. Autores como Joan Francesc Mira (Els Borja. Família i mite, 2001), Ivan Cloulas (Los Borgia, 1988), José Catalán Deus (El Papa Borgia: Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra, 2004/ El Príncipe del Renacimiento: Vida y leyenda de César Borgia, 2008) o, sobre todo, Miquel Batllori -considerado como el mayor experto mundial en los Borgia- han contribuido a mostrarnos una imagen diferente del clan, con todos sus defectos como humanos, pero también desmitificando en grado sumo los bulos, rumores e infamias propagados a lo largo de quinientos años. Lamentablemente, también se sigue cultivando la leyenda negra, especialmente en el territorio de la ficción, donde está claro que son mucho más interesantes los Borgia depravados y malignos de Burkhardt o Hugo, que la versión, mucho más cercana a la realidad, de Batllori o Mira. Para muestra, novelas como “La Cautiva de los Borgia”, de Jeanne Kalogridis (de reciente aparición en nuestro país), donde se retrata a Sancha de Aragón -esposa de Jofré y hermana de Alfonso de Aragón- como la víctima de las manipulaciones del perverso triunvirato Alejandro VI-César-Lucrecia; o la por otra parte entretenida “Los Borgia. La primera gran familia del crimen”, del autor de “El Padrino”, Mario Puzo, donde, si bien se declara a Lucrecia inocente de sus crímenes, también la convierte en protagonista de una desatada historia de amour fou entre ella y César -a quien otorga la paternidad del Infante Romano-, y que recrea momentos como el baile/orgía de las castañas, o la tremebunda muerte de Alejandro VI. El cine no se ha comportado mejor con los Borgia, y, a falta de una versión digna de la historia de la familia, se ha inclinado siempre por la leyenda negra (falta ver qué harán Neil Jordan, rendido admirador de la familia, y Michael Hirst, el creador de “Los Tudor”, en la serie que va a sustituir a ésta última en Showtime, con Jeremy Irons como un improbable Alejandro VI).

A día de hoy, todavía queda mucho camino para rehabilitar las figuras de la familia Borgia en general, y de Lucrecia en particular. Esperemos que la historia sea más justa con ellos a partir de ahora.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bellonci, Maria, Lucrezia Borgia, Phoenix Press, Sheffield, 2003
  • Bradford, Sarah, Lucrecia Borgia, Planeta, Barcelona, 2005
  • Hibbert, Christopher, The Borgias and their Enemies: 1431-1519, Houghton Mifflin Harcourt, Orlando, 2008
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4 pensamientos en “Lucrecia Borgia

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