Home

Es innegable que hoy día la situación de las mujeres en el mundo occidental es mejor de lo que había sido nunca. Sin embargo, sólo hace falta remontarse unas pocas décadas en el pasado para comprobar lo ninguneadas, abusadas y oprimidas que han estado las integrantes del sexo femenino a lo largo de la Historia. Y, si hace sólo 30 o 40 años la cosa era así, imaginad cómo debía ser hace 900 años, época en la que vivió nuestra protagonista de hoy: Leonor de Aquitania.

En un mundo en que las mujeres estaban reducidas a la nada, Leonor se enfrentó a todo y a todos por hacer valer sus derechos; su voz se oyó allá a donde fue, y su impronta se dejó sentir en los dos reinos de los que fue soberana (Francia e Inglaterra, nada menos). Protegió las artes (a ella le debemos la recuperación del mito artúrico), y fue la impulsora de toda una forma de entender las relaciones humanas: el amor cortés. Leonor de Aquitania fue, en definitiva, la única que alzó la voz por las mujeres en una época en la que éstas apenas eran consideradas seres humanos.

PRIMEROS AÑOS

Leonor de Aquitania (franc.: Aliénor d’Aquitaine) vino al mundo en Poitiers (Francia central), en el año 1122. Fue la primogénita de Guillermo X, duque de Aquitania, y de su esposa, Leonor de Châtellerault. La historia familiar de Leonor de Aquitania es, cuanto menos, curiosa: su abuelo, Guillermo IX, conocido como Guillermo el Trovador, era literalmente un peligro andante para cualquier mujer que viviese a kilómetros a la redonda. Una de sus muchas amantes fue Dangereuse de L’Isle Bouchard, esposa del vizconde Aimery I de Châtellerault, a la que incluso llegó a instalar en su castillo de Poitiers en ausencia de su esposa, la tremenda Felipa de Tolosa, quien, humillada, se retiró a un convento. Semejante acto le costó a Guillermo ser excomulgado por segunda vez (ya lo había sido dos años antes, por no pagar los impuestos a la Iglesia). Con los años, y como si quisiera reafirmar su escandalosa relación con Dangereuse (nombre que viene a significar “peligrosa”), hizo que su hijo y heredero, Guillermo, se casara con la hija de su amante, Leonor, de quienes nacería nuestra protagonista. Tras ella vendrían Petronila (n.1125) y Guillermo Aigret (n.1126).

El destino llamaría por primera vez a la puerta de Leonor cuando sólo tenía ocho años de edad. Ese año de 1130 fallecerían su madre y su hermano Guillermo, convirtiéndola en heredera del título de su padre. Así las cosas, Guillermo X se aseguró de que su hija recibiese la mejor educación posible, con vistas a su gobierno futuro: Leonor aprendió a hablar, leer y escribir, no sólo en su lengua vernácula, el poitevin (dialecto del occitano hablado en la provincia de Poitou-Charentes, a la que pertenece Poitiers), sino también en francés y latín; asimismo, fue educada en música y literatura, y acompañaba a su padre en ejercicios a priori tan poco femeninos como montar a caballo, la cetrería o la caza. Todo ello provocó que, en un tiempo en el que las mujeres no tenían más derecho que el de respirar, Leonor desarrollase un carácter propio, dotado además de un temperamento dominante y tozudo, unido a una extrema inteligencia; una bomba de relojería para la época.

Por desgracia, el destino no tardaría en llamar una vez más a su puerta, y esta vez sería para lanzarla definitivamente a las páginas de la Historia: el 9 de abril de 1137, Guillermo X moría durante una peregrinación a Santiago de Compostela, y Leonor se convertía en gobernante del Ducado de Aquitania, una enorme herencia que se extendía desde el Loira hasta los Pirineos, conformando más de un tercio de Francia y siendo mayor que los dominios del propio rey francés, Luis VI el Gordo. Por cierto que éste se había convertido, según el testamento de Guillermo X, en tutor legal de Leonor y, hasta que se le encontrase un marido adecuado, también ejercería como administrador legal de Aquitania. Había sido un movimiento previsor por parte de Guillermo, quien sabía que, si él moría sin que Leonor estuviese casada, se convertiría en el mejor partido de Europa en una época en la que raptar y violar a una heredera soltera era una forma habitual de hacerse con un título de importancia. Luis VI, que estaba enfermo de disentería y era consciente de que no le quedaba mucho tiempo de vida, resolvió casar a Leonor con su hijo y heredero, Luis, integrando así el inmenso Ducado de Aquitania en la corona francesa.

A pesar del matrimonio, parece ser que una cláusula matrimonial establecía que Aquitania sería independiente de Francia mientras fuese Leonor quien la gobernase; el hijo mayor de Leonor sería a un tiempo rey de Francia y duque de Aquitania, de modo que la unión entre ambos dominios no se haría efectiva hasta la siguiente generación. A la larga, esa cláusula se convertiría en la perdición de Francia, y en el motivo último de una guerra que se extendería más de un siglo.

REINA DE FRANCIA

El matrimonio de Leonor y Luis fue un desastre de proporciones inimaginables. La pareja que contrajo matrimonio, el 25 de julio de 1137, en la catedral de Burdeos, no podía ser más diferente: Leonor, exaltada, exuberante, había heredado la alegría de vivir y la sensualidad de su abuelo; Luis, en cambio, era un personaje frío, amargado y profundamente beato: segundogénito de Luis VI, destinado a la vida monástica desde su nacimiento, había tenido que asumir la dignidad de Delfín de Francia, para la que no estaba preparado en absoluto, tras la muerte de su hermano mayor en un accidente de caza. Eran pues dos polos opuestos sin la más mínima posibilidad de conexión.

Sin embargo tuvieron que acostumbrarse rápidamente uno al otro, pues apenas una semana después de la boda, el 1 de agosto, Luis VI murió, y Luis y Leonor subieron al trono de Francia. La aquitana no era popular en la corte parisina, debido a su fuerte carácter y a sus malas relaciones con la reina madre, Adelaida de Maurienne, y con dos personajes religiosos que influían poderosamente en Luis VII: el Abad Suger, preboste de la abadía real de Saint-Denis, y Bernardo de Claraval, reformador de la orden cisterciense y futuro santo de la Iglesia Católica. En esa época, sin embargo, Luis parecía estar muy enamorado de su esposa, y todo hacía creer que Leonor había ganado la guerra. Nada más lejos de la realidad.

Si bien ya habían existido un par de ocasiones en las que Leonor había sido señalada como causa de problemas para Luis, el verdadero conflicto entre los esposos dio comienzo en 1142, cuando Leonor apoyó abiertamente el matrimonio de su hermana, Petronila, con el conde Raúl I de Vermandois; éste repudió a su esposa, Leonor de Blois, para poder casarse con la hermana de la reina, y ésta empujó a su marido a la guerra contra Teobaldo de Champaña, el hermano de la repudiada. La contienda duraría dos años, y en ella se dio un suceso terrible: durante el asalto a Vitry, en el que Luis VII estuvo presente, 1.300 personas que se habían refugiado en una iglesia fueron quemadas vivas por el ejército del rey, que prendió fuego a la iglesia aún sabiendo que la gente se encontraba dentro. Este suceso perseguiría para siempre a Luis VII, quien estuvo toda su vida intentando expiar la culpa por tan horrible acción.

Para terminar de enturbiar las cosas, Leonor no terminaba de quedarse embarazada, y corría el riesgo de ser repudiada, tras ocho años de matrimonio. Finalmente, en abril de 1145 vino al mundo su primer vástago, pero resultó ser una niña: María de Champaña, la futura primera poetisa en lengua francesa, y firme devota de la herejía cátara. Ese mismo otoño, quién sabe si buscando la redención por la masacre de Vitry, Luis VII anunció su intención de embarcarse en una santa cruzada, la segunda de su clase en la historia.

RUMBO A LAS CRUZADAS

Parece que Luis no se tomó demasiado bien que su mujer quisiera acompañarlo a Tierra Santa; pero Leonor, en calidad de duquesa de Aquitania, la mayor feudataria de Francia, hizo valer sus derechos para acudir a la guerra con el resto de señores feudales. Así pues, la reina se dirigió hacia los santos territorios, e hizo llevar con ella toda una cohorte de féminas entre las que habían damas nobles, criadas e incluso prostitutas. Fue el principio del fin para el matrimonio de Leonor y Luis.

El rey francés era un líder débil, tanto militar como espiritiualmente, y encima veía su liderazgo ensombrecido por la enorme popularidad de su esposa; las derrotas frente a los musulmanes se sucedían una tras otra, hasta que el propio Luis estuvo a punto de perecer en Cadmos, donde buena parte del ejército cristiano fue pasado a cuchillo por los turcos. Luis no tuvo más remedio que retirarse a lamerse sus heridas a Antioquía, donde reinaba Raimundo de Poitiers, a la sazón tío de Leonor. No se sabe cómo, pero lo cierto es que los rumores de incesto entre tío y sobrina surgieron casi instantáneamente; aunque nunca se sabrá si la relación existió, los historiadores se inclinan hoy día por pensar que lo que en realidad sucedió fue que Leonor y Raimundo intentaron convencer a Luis para que dirigiera sus ejércitos hacia Alepo, y de ahí a Edessa, objetivo marcado por el Vaticano. Sin embargo, lo último que quería Luis era ampliar los territorios de los Aquitania, de modo que rechazó la idea, y decidió dirigirse en peregrinación a Jerusalén; en protesta, Leonor retiró a sus hombres del ejército francés. Eso le costó a la reina ser encarcelada por su atrevimiento. Obviamente, la peregrinación fue un desastre, y lo mismo se puede decir del asalto posterior a Damasco, tras lo cual la cruzada se dio por concluída, y la familia real regresó, en peor estado que nunca, a París.

ANULACIÓN DEL MATRIMONIO CON LUIS

El regreso a Francia fue movidito, por decir poco: Luis y Leonor viajaban en barcos separados debido a sus diferencias, y el barco de la reina fue atacado por el ejército bizantino. A pesar de que consiguió escapar, una tormenta arrastró la nave de Leonor hasta las Costas Bárbaras, y nada se supo de ella durante dos largos meses; finalmente, consiguió llegar hasta Palermo (Sicilia), donde se reuniría, semanas después, con su marido. Sin embargo, durante su estancia en tierras italianas Leonor supo que su tío Raimundo había sido ejecutado por los turcos, en respuesta a las acciones de Luis en Tierra Santa; harta ya de su marido, Leonor puso rumbo a Roma, donde se hallaba el papa Eugenio III, con una sola idea en mente: conseguir la anulación de su matrimonio con un hombre al que detestaba.

Sabedor del escándalo que supondría una anulación, Eugenio III intentó reconciliar a la pareja real, e inicialmente el Pontífice pareció tener éxito: unos meses después nacía el segundo vástago de la pareja. Lástima que, en lugar de ser el ansiado varón, se tratase de una segunda niña, Alix de Francia. Fue la gota que colmó el vaso. Sin heredero varón que diese continuidad a la dinastía, perpetuamente peleados, y con la mayoría de los afines de Luis VII abiertamente enfrentados a Leonor, el Papa no tuvo más remedio que acceder a la anulación. El 21 de marzo de 1152, Eugenio III anulaba oficialmente el matrimonio de Luis VII de Francia y Leonor de Aquitania en virtud de la consanguinidad de los contrayentes -eran primos en cuarto grado-; las dos hijas de la ya ex pareja mantuvieron su legitimidad, y su custodia fue entregada al padre, a cambio de que las tierras aquitanas volviesen a manos de Leonor. La duquesa ya era libre para forjar su propio destino.

REINA DE INGLATERRA

Poco le duró la soltería a Leonor de Aquitania. Tras sufrir dos intentos de secuestro a manos de nobles franceses que ambicionaban hacerse con sus tierras, la aquitana decidió que tenía que buscar cuanto antes un marido fuerte, con quien pudiese forjar una alianza contra quienes en tiempo habían sido sus súbditos. Y puso sus miras en Enrique de Plantagenet, conde de Anjou y duque de Normandía, además de heredero al trono de Inglaterra; lo cual estaba muy bien, de no ser por un pequeño detalle: Leonor era doce años mayor que Enrique, que por aquél entonces sólo contaba dieciocho años de edad. Podéis imaginar pues el escándalo cuando, el 18 de mayo de 1152, seis semanas después de la anulación del matrimonio de Luis VII y Leonor, ésta se casó con Enrique casi de tapadillo.

La furia de los franceses en general, y de Luis VII en particular, sólo hizo que ir en aumento cuando dos años después, el 25 de octubre de 1154, Enrique subió al trono de Inglaterra con el nombre de Enrique II; dos meses más tarde, el 19 de diciembre, Leonor era coronada reina de Inglaterra por el mismísimo arzobispo de Canterbury, la máxima autoridad eclesiástica del país. Y no sólo eso: aquella que había sido incapaz de dar un hijo varón al rey francés daría a luz a ocho hijos en trece años, cinco de ellos varones. Entre ellos, Leonor traería al mundo a dos de los reyes más famosos de la historia británica: Ricardo I Corazón de León, y su hermano menor, Juan Sin Tierra.

Eso no quiere decir que el matrimonio de Leonor de Aquitania y Enrique II fuese apacible, o tan siquiera feliz. El rey inglés era un infiel por naturaleza, lo que no siempre fue aceptado de buen grado por la tumultuosa soberana; además, en Aquitania nunca terminaron de aceptar plenamente a Enrique como su señor, y éste perdió buena parte de sus apoyos cuando, en 1170, provocó -aunque posiblemente no ordenó- el asesinato de su canciller y arzobispo de Canterbury, el futuro santo Tomás Becket. En 1167, Leonor y Enrique llegaron a un acuerdo de separación, y la reina puso rumbo a su tierra natal, donde iba a impulsar, con ayuda de su hija María, una de las mayores revoluciones culturales de la Edad Media.

LAS CORTES DEL AMOR

Leonor se instaló en la capital aquitana, Poitiers, y pronto reclamó la presencia de su hija mayor, María. Allí, madre e hija, acompañadas por sus numerosas damas, crearon una corte refinada, donde se respiraba un intenso aire de cultura, y a donde fueron a parar numerosos trovadores, poetas y artistas en busca de inspiración y patrocinio. Allí fueron a parar gente como Chrétien de Troyes, gracias a los cuales se recuperaron y recopilaron las leyendas orales que darían origen al mito del Rey Arturo; gracias a Leonor, el de Troyes pudo publicar, entre otras, “El Caballero de la Carreta” y “El Cuento del Grial”, que son, respectivamente, las historias de Lancelot y Perceval, además de un poema -hoy perdido- sobre la leyenda de Tristán e Isolda. Y, si bien es cierto que Leonor de Aquitania no fue ni mucho menos la inventora del concepto del amor cortés, si lo es que, en las Cortes del Amor por ella presididas, el amor cortés se convirtió en la primera norma en las relaciones de pareja, y se puso de moda, extendiéndose después a buena parte de aquella Europa medieval y oscura. Célebres son los “tribunales” en los que Leonor, María y sus damas actuaban como mediadoras en las disputas entre parejas, y donde, contrariamente a lo que sucedía en el resto del continente, los hombres eran considerados propiedad de las mujeres.

Sin embargo, las Cortes del Amor terminaron de forma abrupta en 1173, cuando Leonor decidió apoyar la revuelta de su hijo mayor, Enrique el Joven, contra su propio padre. No sólo eso, sino que envió a sus dos hijos menores, Ricardo y Godofredo, a luchar junto a su hermano, y consiguió para ellos el apoyo de los nobles del sur de la isla. La rebelión filial fue aplastada por Enrique II, y, si bien éste perdonó a sus hijos, no haría lo mismo con su esposa. Leonor fue hecha prisionera por Enrique y llevada al castillo de Winchester, en Inglaterra; de allí iría pasando de castillo en castillo, y de fortaleza en fortaleza, en un cautiverio que duraría dieciséis largos años.

LOS AÑOS EN PRISIÓN

Entre 1173 y 1189, Leonor pasó lo que podemos llamar sus “años tranquilos”, más que nada porque los pasó prisionera de su marido. Aunque, como podéis imaginar, no fue un cautiverio especialmente duro, ya que, si bien había alentado una rebelión contra el rey -lo que podría haberle valido una acusación de traición-, seguía siendo una señora feudal mucho más poderosa que Enrique II, y en aquellos tiempos tampoco hubiese estado bien visto que la reina de Inglaterra perdiese la cabeza a manos de su propio esposo (eso ya vendría en tiempos del descendiente y tocayo de Enrique, el psicópata de Enrique VIII). Así pues, Leonor se estuvo bastante quieta en esos años; eso no iba a impedir, empero, que su nombre estuviese, como de costumbre, en boca de todos por uno u otro motivo.

Y el principal de esos motivos fue la súbita muerte de Rosamund Clifford, amante favorita del rey. Rosamund, hija de lord Walter de Clifford, uno de los lugartenientes de Enrique II, conoció al rey cuando Leonor estaba embarazada del último de sus hijos, el futuro Juan Sin Tierra, pero no sería hasta 1173, poco antes del inicio del cautiverio de Leonor, cuando dio comienzo su relación adúltera. Diecisiete años más joven que Enrique, fue, sin lugar a dudas, el gran amor de la vida del rey, y a punto estuvo éste de repudiar a Leonor para poder casarse con ella. Obviamente, Leonor no la soportaba; incluso se dice que, estando a punto de dar a luz a Juan, prefirió trasladarse desde Woodstock, donde se había planeado que alumbrase, hasta el palacio de Beaumont, con tal de no tener que verse las caras con la favorita. En cualquier caso, en 1176 el affaire era ya tan escandaloso que Rosamund decidió retirarse al convento de Godstow, cerca de Oxford, donde fallecería pocos meses después; no se sabe cómo o de qué murió la Bella Rosamund, como era conocida, pero los rumores de que había sido envenenada por orden de la reina Leonor no se hicieron esperar. Hoy día, la mayoría de los historiadores coinciden en apuntar como falsos los rumores del envenenamiento, pero, en la época, la oscura sombra de la duda se cernió sobre Leonor.

Además de los rumores de asesinato, Leonor tuvo que hacer frente durante esos años a la muerte de su hijo Enrique el Joven. El príncipe, que había sido asociado a la corona tras la rebelión de 1173, era extremadamente ambicioso, y deseaba hacerse con la corona de Inglaterra para él solo; diez años después de su primer levantamiento, volvió a atacar a su padre, esta vez con la ayuda de su hermano Godofredo, y del nuevo rey francés, Felipe II Augusto, hijo de Luis VII y de su tercera esposa, Adela de Champaña, y amante de su hermano Ricardo, el futuro Corazón de León. Juntos, los ejércitos de los tres intentaron emboscar a Enrique II en Limoges, pero fueron violentamente repelidos por las tropas reales, y Enrique el Joven se vio obligado a huir. El príncipe terminó contagiándose de disentería, y falleció el 11 de junio de 1183, atribulado por los remordimientos y suplicando a su padre el perdón para su madre. Parece que el fallecimiento de su osado hijo mayor ablandó el duro corazón de Enrique II, puesto que, a partir del mismo año, otorgó una mayor libertad de movimiento a Leonor, y consintió en que la reina le acompañase en la mayoría de sus viajes (la corte era itinerante en esa época). Si bien seguía bajo custodia armada, estos fueron, después de la rebelión, los años en que Leonor gozó de mayor libertad en vida de su marido.

VIUDA

El 6 de julio de 1189 fallecía Enrique II en Chinon (Francia), dejando como heredero indiscutible a su hijo Ricardo, un hecho que llenó de alegría a Leonor. Ricardo era, sin duda alguna, su hijo favorito, y Leonor jamás escondió ese favoritismo exacerbado que sentía hacia el Corazón de León, incluso cuando fue el hijo que más disgustos le dio. Ricardo ordenó su liberación de prisión y, cuando partió hacia la Tercera Cruzada en compañía de su ex amante Felipe II de Francia, la designó como regente del reino, para disgusto de su hermano menor, Juan, que era igual de ambicioso que el resto de la familia pero había tenido mucha menos suerte en el reparto de territorios, de ahí el sobrenombre de “Lackland” o “Sin Tierra”, con el que ha pasado a la Historia.

Leonor ejerció el cargo de regente durante nueve años y medio (Ricardo fue rey durante diez años, de los que sólo permaneció seis meses en tierra inglesa), incluyendo los dos años que duró su cautiverio a manos de Leopoldo V, duque de Austria y, posteriormente, del Emperador Enrique VI del Sacro Imperio Romano Germánico. La regente viajó a tierras alemanas para negociar personalmente el rescate de Ricardo, previo pago de 150.000 marcos y con los impedimentos interpuestos por Felipe II Augusto y por el propio príncipe Juan, quienes esperaban hacerse con el trono inglés -sí, los dos-. Finalmente, el 4 de febrero de 1194 Ricardo fue liberado, mientras a Juan le llegaba un mensaje de su “socio” francés: “Tened cuidado; el diablo anda suelto”.

A su regreso, Ricardo tuvo que hacer frente a la rebelión de su hermano menor y su ex amante, y decidió empezar por recuperar sus posesiones en Francia. El 25 de marzo de 1199, se encontraba en Limoges, asediando al vizconde Aimar V, uno de los aliados de Juan, cuando recibió un disparo de ballesta en el hombro izquierdo. La herida se gangrenó, y Ricardo apenas tuvo unos pocos días para mandar llamar a su adorada madre y hacer testamento antes de morir, en brazos de Leonor, el 6 de abril. A pesar de las rebeliones y las desobediencias, en su testamento Ricardo nombró a Juan heredero al trono de Inglaterra, cargo que asumió el 27 de mayo de 1199, tras ser coronado en la abadía de Westminster. Aún tuvo Leonor que ayudar a su hijo menor a sofocar la rebelión de las provincias de Anjou, Maine y Bretaña, quienes declararon heredero de Ricardo a Arturo de Bretaña, hijo de Godofredo, fallecido hermano mayor del rey. El joven Arturo recibió el apoyo de… ¿lo habéis adivinado? Claro que sí, Felipe II de Francia. Eventualmente, Juan acabaría derrotando a su sobrino y Felipe lo reconocería como soberano de Inglaterra, previos pactos de paz. Éstos incluían el matrimonio de Luis, el hijo de doce años de Felipe, con una de las sobrinas castellanas de Juan (la hermana mayor de Juan, también llamada Leonor, se había casado con el rey Alfonso VIII de Castilla en 1177 y tenía dos hijas, Urraca y Blanca). La encargada de hacer efectivo el matrimonio sería Leonor de Aquitania.

Con 77 años ya cumplidos, Leonor partió desde Poitiers con destino a Burgos, donde debía encontrarse con su hija, su yerno y sus nietas. Sin embargo, nada más salir de Poitiers, la reina madre y su séquito fueron capturados por Hugo IX de Lusignan; una vez más, Leonor hizo gala de sus magníficas dotes negociadoras, y pudo seguir adelante con su viaje, atravesando los Pirineos y llegando a la corte castellana a finales de enero de 1200. Dos meses después, Leonor partía de regreso a tierras francesas acompañada por su nieta, Blanca de Castilla, otra mujer de la familia que pasaría a la historia como una de las grandes reinas de Francia, madre del que fue rey santo, Luis IX. Pero Leonor era ya muy mayor, y estaba frágil; llegadas al valle del Loira, la reina no tuvo más remedio que dejar a su nieta en manos del arzobispo de Burdeos, quien escoltaría a Blanca hasta París. Leonor, por su parte, se trasladó a la Abadía de Fontevrault, en Chinon, que ya no abandonaría jamás.

Durante los siguientes cuatro años, Leonor se movió entre enfermedad y enfermedad, siendo visitada periódicamente por Juan en su amado retiro de Fontevrault; allí tuvo que sufrir el asedio de su nieto Arturo, quien intentaba así neutralizar su influencia a favor de Juan. Cuando el rey se enteró, se dirigió raudo hacia el sur, rompió el asedio y capturó por fin al rebelde Arturo; la guerra entre tío y sobrino había terminado por fin, y Leonor decidió retirarse por completo del mundo, haciendo los votos y convirtiéndose en abadesa.

El 1 de abril de 1204, Leonor de Aquitania, ex reina de Francia, reina de Inglaterra, madre y abuela de reyes, fallecía en paz en la abadía de Fontevrault, donde fue enterrada junto a Enrique II y su amadísimo hijo, Ricardo I Corazón de León. Tenía 82 años, algo prácticamente impensable en los siglos XII y XIII. Con ella desapareció la mujer más importante de toda la Edad Media, impulsora cultural en un tiempo donde la cultura era prácticamente inexistente, y adalid irreductible del feminismo cuando las mujeres fueron menos que nada. Leonor de Aquitania, desde aquí, mis respetos allá donde estés.

BIBLIOGRAFÍA

  • Flori, Jean, Leonor de Aquitania, Edhasa, Barcelona, 2005
  • Hilton, Lisa, Queens Consort: England’s Medieval Queens from Eleanor of Aquitaine to Elizabeth of York, Pegasus, New York, 2010
  • Pernoud, Régine, Leonor de Aquitania, Acantilado, Barcelona, 2009
  • Seward, Desmond, Eleanor of Aquitaine, Penguin Books, London, 2001
  • Turner, Ralph V., Eleanor of Aquitaine. Queen of France, Queen of England, Yale University Press, New Haven, 2009
  • Weir, Alison, Eleanor of Aquitaine: By the Wrath of God, Queen of England, Pimlico, New York, 2000

Un pensamiento en “Leonor de Aquitania

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s