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Los británicos son, como buen pueblo isleño, extremadamente celosos de su independencia. También han sido, en general, muy hostiles a todo cuanto viniese de fuera, lo que les ha convertido en un pueblo harto difícil de conquistar; de hecho, desde la invasión normanda de Guillermo el Conquistador, las Islas Británicas no han vuelto a caer en manos extranjeras, y de eso hace cerca de mil años.

Antes de que las tropas del duque de Normandía pusiesen pie en tierras inglesas, la isla había sufrido incursiones por parte de los sajones, y antes, de los vikingos daneses y noruegos. Si andamos aún más atrás en el tiempo, nos encontramos con que Inglaterra fue, durante casi cinco siglos, una de las fronteras más remotas del todopoderoso Imperio Romano. Es en esta época donde nos encontramos a nuestra protagonista de hoy, una reina guerrera que se enfrentó al loco, al tirano Nerón. Su nombre: Boudicca.

PRIMEROS AÑOS E INTERVENCIÓN ROMANA

Es poco lo que sabemos de Boudicca antes de su explosiva entrada en la Historia. Nació alrededor de 30 d.C., muy posiblemente en una familia de la nobleza icena. Los icenos eran una tribu celta que se movía en la zona de East Anglia, más o menos en los actuales condados de Norfolk y Suffolk. A los 15 años, aproximadamente, se casó con Prasutago, rey de la tribu, con quien tuvo dos hijas.

Prasutago era un rey cliente de Roma, lo que viene a querer decir que, a cambio de ciertos beneficios (entre los que se incluía una relativa libertad de movimientos), el pueblo iceno rendía tributo al invasor romano; el acuerdo también incluía la cesión de una parte de los territorios de la tribu a la muerte del rey.

Y es precisamente a la muerte de Prasutago cuando Boudicca entra en la Historia por la puerta grande. El deceso del rey tuvo lugar en el año 60 d.C., cuando nuestra protagonista contaba unos 30 años de edad. En cuanto supieron de la muerte de Prasutago, los romanos se presentaron ante Boudicca y el resto de los nobles icenos, y exigieron no sólo el cumplimiento del trato, sino también hacerse con los territorios que Prasutago había dejado en herencia a sus hijas. Evidentemente, la reina se negó, siendo apoyada por los nobles; la venganza de los romanos sería terrible.

En efecto, al poco los romanos regresaron, arrasando a sangre y fuego los campos de East Anglia, y pasando a cuchillo a buena parte de la población; a los nobles les esperaba la esclavitud, una táctica habitual de los romanos para someter a las tribus bárbaras rebeldes. Lo peor, no obstante, estaba reservado para Boudicca y su familia: la reina fue azotada públicamente, mientras era obligada a contemplar, horrorizada, cómo la soldadesca romana violaba a sus dos hijas. Humillada, destrozada física y moralmente, y desesperada por la suerte de sus hijas, Boudicca se retiró a sus territorios ancestrales; se preparaba una venganza como los romanos jamás hubiesen podido imaginar.

ESTALLA LA GUERRA

Los icenos clamaban venganza por el daño infligido a su pueblo, y Boudicca supo ponerse al frente de su gente para liderarlos en la batalla. Aclamada como líder por su tribu, se unieron a sus vecinos, los trinovantes, y a varias otras tribus locales que habían sufrido el yugo romano. El objetivo: acabar de un plumazo con el invasor. Cuentan los historiadores romanos que, en los días previos al inicio de la guerra, Boudicca celebró un ritual en el que invocó a Andraste, la diosa celta de la victoria; cabe apuntar que Boudicca significa precisamente eso, “victoria”.

Las tropas de Boudicca ya estaban listas para atacar, y el primer objetivo que se fijaron fue Camulodunum, la actual Colchester, antiguo feudo de los trinovantes. Se trataba de una ciudad pobremente defendida y, cuando el ejército celta cayó sobre ella, poco pudieron hacer sus habitantes para defenderse. Camulodunum fue destruida, y sus habitantes pasados a cuchillo; las mujeres, especialmente las matronas romanas ricas, se llevaron la peor parte, en venganza por lo que los soldados romanos habían hecho con su reina y sus hijas. Finalmente, tras saquearla, los celtas demolieron e incendiaron Camulodunum, para que nada que oliese remotamente a romano quedase en pie.

Al contemplar la magnitud del horror provocado por Boudicca y sus hombres, el comandante Quinto Petilio Cerial decidió enfrentarse a los celtas, pues su legión era la más cercana a la posición de los rebeldes. Se trataba de la celebérrima Legión IX Hispana, que debe ser una de las legiones romanas más desafortunadas de la Historia; la marea celta la arrolló sin compasión, pulverizándola en cuestión de horas, y dejando apenas una decena de supervivientes. Cabe recordar que la Novena Hispana es la misma legión que, algo más de medio siglo después, desapareció sin dejar rastro en tierras del norte de Britania, presumiblemente hecha pedazos de nuevo a manos de los pictos y escotos de la salvaje Caledonia, unos años antes de la construcción del Muro de Adriano.

Tras dos aplastantes victorias, los celtas se encontraban más fuertes que nunca, y decidieron dirigirse a por el centro neurálgico de la vida romana en Britania: Londinium, la ciudad que hoy día conocemos como Londres. La ciudad, de reciente fundación, ardió hasta sus cimientos, debiendo ser reconstruida desde cero tras la guerra. La siguiente en la lista fue Verulamium, actualmente St.Albans (Hertfordshire, a 35 km al norte de Londres), que también fue, literalmente, borrada del mapa. En total, se calcula que las tropas de Boudicca acabaron con las vidas de entre 70.000 y 80.000 personas de las tres ciudades; en ningún caso hicieron prisioneros.

LA BATALLA DE WATLING STREET

Así las cosas, Nerón decidió enviar a la caza y captura de Boudicca a uno de sus mejores hombres: Cayo Suetonio Paulino, gobernador y magister militum de impecable reputación, que se erigió como la última esperanza de los romanos frente a la horda celta. Paulino, que llegaría a ser cónsul y que aparece en la Historia Natural de Plinio el Viejo como el hombre que descubrió las tribus negras del área del río Niger, era uno de los militares más destacados de su época, pero aún así se las vio y se las deseó para poder enfrentarse a Boudicca. A trancas y a barrancas, Paulino consiguió reunir a la Legión XIV Gemina y a varias unidades de la XX Valeria Victrix, sumando una fuerza de unos 10.000 hombres en total; las tropas de Boudicca sumaban, en las previsiones más optimistas, unos 150.000 hombres (se ha llegado a decir que fueron hasta 230.000).

A pesar de verse desbordado en número por el enemigo, Paulino supo planear muy bien la estrategia de la batalla; el gobernador era consciente de que los hombres de Boudicca estaban mal entrenados y no tenían disciplina de batalla, lo que favorecía la desbandada ante un ataque de las bien entrenadas y estructuradas legiones romanas. Además, escogió como campo de batalla una estrecha garganta que daba a un bosque, mientras que más allá se extendía una enorme planicie; de esa forma, Paulino desbarataba de un plumazo la posibilidad de ser atacados por los flancos, rodeados o emboscados, respectivamente. El lugar elegido, aunque no se sabe con plena seguridad, se emplaza habitualmente en West Midlands, en un tramo de la carretera romana que hoy se conoce como Watling Street. Hoy día, High Cross (Leicestershire), Mancetter (Warwickshire) y Kings Norton (Birmingham) se disputan el honor de haber sido el lugar de la Batalla de Watling Street.

Desde su carro, acompañada por sus hijas, Boudicca arengó a sus hombres, presentándose no como una aristócrata en defensa de sus tierras, sino como una mujer corriente llorando su libertad perdida, su cuerpo castigado y a sus hijas abusadas. Paulino, por su parte, hizo lo propio con sus legionarios recordándoles que no se enfrentaban a soldados profesionales, sino a “simples salvajes con más mujeres que hombres en sus filas”. De nuevo, el carácter machista y soberbio de los romanos saltaba a la palestra.

Por desgracia, si bien la razón estaba de parte de los ultrajados britanos, la táctica y el buen hacer militar lo estaban de parte del invasor romano; así pues, tras varias horas de batalla, había llegado el fin para las tropas britanas: se dice que aquel día cayeron 80.000 guerreros celtas, por sólo 400 soldados romanos. Las familias de los britanos, que habían acudido a contemplar la batalla, fueron asesinadas sin piedad por las legiones de Paulino; hasta los caballos fueron masacrados sin piedad.

EL FIN

Quiso el destino que Boudicca no estuviese entre los muertos de aquella batalla. La reina pudo escapar del campo de batalla con ayuda de unos pocos fieles, pero sabía que todo estaba perdido; lo siguiente que haría Paulino sería darle caza personalmente, y Boudicca era muy consciente de cuál sería su suerte si era capturada: sería encadenada, llevada a Roma como prisionera de guerra, azotada, violada y ejecutada. La inmensa reina icena no temía a la muerte, pero sí al deshonor que supondría semejante destino, para ella y para su gente. Resolvió, pues, terminar con su vida por su propia mano, y se envenenó junto a sus hijas. Los supervivientes de la batalla dieron a Boudicca la sepultura que merecía quien había sido la más grande reina guerrera de su tiempo. Hoy día, el lugar de la sepultura de Boudicca sigue siendo desconocido; hay quien dice que se encuentra bajo uno de los andenes de la estación de King’s Cross en Londres, pero se trata de algo sumamente improbable, ya que la capital británica está muy lejos de donde tuvo lugar la batalla final entre celtas y romanos.

Y, aunque Paulino resultó victorioso, en Roma lo sucedido se vio como un enorme desastre; tanto, que Nerón contempló seriamente abandonar Britania, de lo que fue disuadido por varios de sus consejeros, entre ellos el muy estoico Séneca, que tenía en la isla negocios por valor de cuarenta millones de sestercios. Finalmente, Nerón envió a Britania nuevas tropas que siguieron diezmando a la población britana hasta que Cayo Julio Alpino Classiciano, el nuevo procurador provincial de la isla, llegó y puso freno al trato brutal que los romanos reservaban a la población autóctona. Paulino fue relevado de su cargo como gobernador y las cosas mejoraron algo, pero la demoledora derrota de Boudicca y los suyos en Watling Street supuso la última rebelión en la zona sur de la isla hasta el final de la dominación romana de Britania, en 410 d.C.

Durante la Edad Media, la figura de Boudicca cayó en el olvido. Sin embargo, el redescubrimiento de los textos clásicos en el Renacimiento hizo que, a través de Tácito, se recuperase a la fiera reina que había aterrorizado a los romanos. Desde entonces, nadie en Inglaterra ha olvidado a la que ellos llaman “la primera reina Victoria”. Como podéis imaginar, fue precisamente durante la Era Victoriana cuando la figura de Boudicca fue elevada a mito nacional, comparando en numerosas ocasiones a la reina Victoria con su “tocaya”. El Poeta Laureado del reino, lord Alfred Tennyson, escribió uno de sus poemas más famosos en honor a la icena, “Boadicea”, y numerosos barcos fueron bautizados con el nombre de la tremenda reina guerrera.

Pero el más duradero de los homenajes del pueblo inglés a Boudicca llegó en 1905, cuatro años después de la muerte de la reina Victoria. En Westminster, frente al mismísimo Big Ben, se alza una estatua de bronce, pagada por el príncipe Alberto (el idolatrado esposo de Victoria, que murió mucho antes de ver completado el monumento), donde podemos ver a Boudicca junto a sus dos hijas, todas en el célebre carro guerrero de la reina que, para la ocasión, ha sido decorado con guadañas en las ruedas, al estilo persa. En la base de la estatua podemos leer -si los tenderetes para turistas nos lo permiten- unos versos del poema que William Cowper dedicó a la reina en 1782:

Regions Caesar never knew

Thy posterity shall sway”

(Regiones que el César nunca conoció

Tus herederos dominarán)

De ese curioso modo, quien fue el adalid más importante de su época contra el imperialismo antiguo (Roma), se convirtió en el icono del imperialismo moderno (Gran Bretaña), y su estatua, que muchos pasan por alto, o miran curiosos sin saber ante quién se encuentran, se halla junto al símbolo más importante de la ciudad que hizo arder por completo. La Historia, a veces, es así de irónica.

BIBLIOGRAFÍA

  • Aldhouse-Green, Miranda, Boudica Britannia, Longman, London, 2007
  • Collingridge, Vanessa, Boudica: The Life and Legends of Britain’s Warrior Queen, Overlook, New York, 2006
  • Fraser, Antonia, The Warrior Queens: Boadicea’s Chariot, Phoenix Press, London, 2002
  • Hingley, R. & Unwin, C., Boudica: Iron Age Warrior Queen, Hambledon Continuum, London, 2006
  • Salway, Peter, The Roman Era: The British Isles 55 BC-AD 410, OUP, Oxford, 2oo2

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