Home

María Estuardo es un personaje difícil de clasificar. Mártir y santa para unos, símbolo de la depravación para otros, su tumultuosa vida nos la presenta hoy día como una heroína de folletín. Lo cierto es que se trató de una mujer veleidosa, sin duda llena de buenas intenciones hacia su pueblo, y víctima de las manipulaciones de una política que no estaba preparada para comprender. Si bien no fue la pobre inocente que la propaganda católica quiso crear, está claro que tampoco fue el ser abyecto que dibujaron los protestantes; se trató más bien de una mujer profundamente desgraciada, que sufrió la ingratitud de casi todos los que la rodearon -entre ellos, su propio hijo-, y que tuvo un pésimo criterio a la hora de hacer sus elecciones políticas, lo que le costó el trono, la libertad y, finalmente, su propia vida.

REINA DESDE LA CUNA

María Estuardo (ing.: Mary Stuart) vino al mundo en el palacio de Linlithgow, cerca de Edimburgo, el 8 de diciembre de 1545. Era la hija del rey Jacobo V de Escocia, sobrino del rey de Inglaterra Enrique VIII, y de su segunda esposa, la francesa María de Guisa. La tragedia salpicó muy pronto la vida de la pequeña María: apenas seis días después de su nacimiento, Jacobo V, que había sufrido una estrepitosa derrota en Solway Moss a manos de Enrique VIII, fallecía en el castillo de Falkland, dejando como única heredera a este bebé, niña por demás, que ponía en serios problemas la continuidad de la monarquía escocesa y, por ende, su independencia frente a su codicioso vecino inglés.

En efecto, hacía ya tiempo que Enrique VIII había puesto sus miras en Escocia y, tras las muchas derrotas infligidas a sus habitantes -dos reyes habían muerto ya bajo su mandato-, ahora se proponía agenciarse el país por la vía matrimonial. Sabedor de que María de Guisa sería contraria a sus deseos, Enrique realizó su propuesta directamente a los nobles escoceses: la pequeña reina se casaría con su hijo y heredero, Eduardo, y, mientras llegaba el momento, sería educada en Inglaterra. Horrorizada ante la posibilidad de que su hija fuese educada como protestante, María de Guisa, ferviente católica, tomó cartas en el asunto y puso a su hija a buen recaudo. Se iniciaba lo que se conocería como “el cortejo a la inglesa”.

Así pues, la reina niña (había sido coronada el 9 de septiembre de 1546) y su madre iniciaron un penoso peregrinaje por todo el país, hostigadas en todo momento por el ejército inglés, cuyo cometido era esencialmente secuestrar a María y llevarla a los dominios de Enrique. Tras la desastrosa derrota de los escoceses en Pinkie Cleugh (1547), la regente y su hija se refugiaron en la abadía de Inchmahome, mientras se reactivaba la llamada Auld Alliance (antigua alianza) entre Francia y Escocia, y los ejércitos del rey francés, Enrique II, entraban en territorio escocés en ayuda de la reina-niña. El 7 de julio de 1548 se firmaba el tratado matrimonial que convertía a María en la futura esposa de Francisco, el delfín francés; un mes más tarde, el 7 de agosto, María era recibida en Calais por Enrique II en persona.


REINA DE FRANCIA

En la corte francesa, María obtuvo su propia casa y, a pesar de que se crió en la guardería real junto a los príncipes galos, siempre tuvo precedencia y fue tratada con honores de reina, algo que molestaba sobremanera a la soberana y futura suegra de la joven, Catalina de Médicis. A pesar del desafecto de la florentina, María trabó una gran amistad con los príncipes y princesas Valois -especialmente con Isabel, quien años después se casaría con Felipe II de España-, y siempre se mantuvo muy cercana a su futuro esposo, Francisco, un niño enfermizo, frío y débil, que encontraba en su vitalista y alegre prometida uno de sus escasos motivos para vivir. Además de ellos, las acompañantes inseparables de la reina-niña eran las llamadas cuatro Marías: cuatro muchachas nobles de su misma edad que la habían seguido hasta Francia como damas de honor, confidentes y amigas, todas ellas llamadas María, pero más conocidas por sus apellidos: Beaton, Seton, Fleming y Livingston.

La joven pasaría los siguientes trece años de su vida en tierras francesas, durante los cuales dejó atrás la niñez y despuntó como una joven extraordinariamente hermosa e inteligente; a lo largo de su vida, María Estuardo llegó a hablar perfectamente seis idiomas: francés, español, italiano, latín, griego y su escocés nativo. Su lengua vehicular sería, no obstante, la primera. Además, era excepcionalmente alta para la época: hay crónicas que dicen que llegó a medir 1’70, aunque lo más probable es que bordease el 1’60, lo que sigue siendo una altura más que notable para una mujer del siglo XVI.

El 24 de mayo de 1558, María Estuardo y Francisco de Valois se casaron en la parisina catedral de Notre-Dame; para la ocasión, María decidió vestir de blanco, lo que se consideró de mal gusto, pues el blanco era el color del luto de las reinas en Francia. Pocos meses después de la boda, el mal presagio que se había considerado la indumentaria blanca de la joven se empezó a hacer realidad: el 17 de noviembre, la reina María I de Inglaterra moría sin descendencia, y ascendía al trono su hermana Isabel. Sin embargo, como quiera que Isabel era protestante, y había sido declarada bastarda tras la ejecución de su madre, Ana Bolena, el rey francés vio la oportunidad perfecta para echarle el guante a su viejo enemigo del norte; pocos días más tarde, María, en calidad de sobrina-nieta de Enrique VIII, y Francisco eran proclamados reyes de Inglaterra, y las armas reales inglesas fueron añadidas al escudo de la pareja. Sin saberlo, María había dado el primer paso hacia su funesto final.

Lo cierto es que María y Francisco no llegaron a ejercer jamás como soberanos de Inglaterra, ya que el Acta de Sucesión establecida por Enrique VIII en 1543 daba por buena la sucesión de Isabel, excluyendo explícitamente a los Estuardo de la línea dinástica. Eso, por no mencionar que los desmanes de María I contra los protestantes hacían que los ingleses no quisieran ni oír hablar de otra soberana católica; así pues, María Estuardo lo tenía francamente difícil para llegar a reinar algún día en el trono inglés. Las cosas no hicieron sino empeorar cuando perdió a su principal apoyo, su suegro Enrique II, quien murió el 10 de julio de 1559 debido a un accidente en una justa. Dos niños de 15 y 17 años se convertían en reyes de Francia.

El brevísimo reinado francés lo pasó María Estuardo batallando para no ratificar el Tratado de Edimburgo, que obligaba a María y Francisco a eliminar las armas de Inglaterra de su escudo personal, y a reemplazar la Auld Alliance por una alianza anglo-escocesa, además de ratificar a Isabel I como legítima monarca de Inglaterra. Este sería un punto de fricción entre ambas mujeres durante toda su vida, pues, mientras María no ratificase el tratado, seguía suponiendo una amenaza a la vida y el reinado de Isabel. Para colmo de males, María perdió también el apoyo de su marido, Francisco II, quien murió el 5 de diciembre de 1560, un año y medio después de subir al trono, debido a una infección de oído que terminó provocándole un absceso en el cerebro. Automáticamente, Catalina de Médicis, que se había retirado a un discreto segundo plano tras la muerte de su marido, volvió a la escena apartando sin miramientos a su nuera y asumiendo el título de regente en nombre de su segundo hijo, Carlos IX, de nueve años. La florentina, que como ya hemos dicho odiaba a María, aprovechó para ningunearla sin piedad y, de paso, para retirar a los soldados franceses de Escocia, ratificando a Isabel I como legítima reina de Inglaterra. Fue el bofetón definitivo al orgullo de María, quien decidió abandonar Francia para reclamar el lugar que le pertenecía como reina de los escoceses.
REGRESO A ESCOCIA

Tras unos meses en los que se despidió de toda su familia francesa, María embarcó con destino a Escocia. La reina Isabel le había denegado el salvoconducto para atravesar Inglaterra, por lo que la comitiva de María tuvo que rodear toda la isla hasta que atracaron en Leith, el 19 de agosto de 1561. Desde luego, la refinada educación francesa que había recibido la joven reina no la había preparado en absoluto para la complicadísima situación política que existía en su país: era una mujer, adolescente y católica en un país dominado por los ambiciosos nobles, que además se habían pasado en masa al calvinismo que predicaba furibundamente John Knox, probablemente el mayor enemigo que tuvieron las mujeres gobernantes del siglo XVI en general, y María Estuardo en particular. El líder político de la facción protestante era Jacobo Estuardo, primer conde de Moray, hermano bastardo de María y auténtico villano de esta función.

Intentando ser conciliadora, María instituyó una política de tolerancia religiosa hacia los protestantes, y mantuvo a Jacobo como su consejero principal. Gracias a ello, Jacobo pudo seguir quitándose enemigos de encima, deshaciéndose por ejemplo de Lord Huntly, el católico más poderoso de Escocia, quien habría sido de gran ayuda a María en los tiempos oscuros que estaban por venir. Por otro lado, intentó apaciguar las cosas con Isabel, invitándola a visitar Escocia y enviando a su embajador, William Maitland de Lethington, a proponer su candidatura como heredera al trono de Inglaterra si Isabel moría sin hijos. A pesar de que fueron varios los intentos de que ambas reinas se encontrasen cara a cara, lo cierto es que las decisiones políticas y personales de María -entre las que se incluía su rechazo a ratificar el Tratado de Edimburgo- hicieron que las dos mujeres no llegasen a conocerse jamás.
MATRIMONIO CON LORD DARNLEY

Una de las decisiones que María más iba a lamentar fue la que le llevó a casarse con su segundo marido. Teniendo sólo 18 años estaba claro que María se volvería a casar, y éste era un tema de suma importancia para mucha gente. Empezando por sus nobles, que temían que el matrimonio de María con uno de ellos concediese mayor poder a una familia por encima de las otras, y siguiendo por Isabel, que temía una alianza entre Escocia y otra potencia católica en contra de Inglaterra. Tanto es así, que Isabel hizo saber a María que sólo la declararía su heredera si aprobaba su siguiente matrimonio, pasando entonces a sugerir como posible esposo nada menos que a sir Robert Dudley, su favorito y, a decir de muchos, gran amor. Ni que decir tiene que, a pesar de ser elevado a conde de Leicester para no desentonar con María, a Dudley la noticia no le hizo la menor gracia. Preocupada por la futura decisión de María con respecto a su esposo, Isabel cometió uno de sus mayores errores tácticos.

La reina inglesa, quizá esperando distraer momentáneamente a María, envió de vuelta a Escocia a Henry Stuart, lord Darnley. Éste era hijo de Matthew Stewart, conde de Lennox, y de su esposa, Margaret Douglas; el conde era el líder de la facción católica escocesa, y, tras reclamar el trono a la muerte de Jacobo V, había tenido que exiliarse a Inglaterra, donde vivía con su familia desde hacía 22 años. Darnley había nacido en tierra inglesa y era súbdito de Isabel, aunque seguían poseyendo tierras en Escocia; así pues, cuando el joven solicitó a la reina partir para sus territorios escoceses, Isabel le concedió el permiso, con la idea de que el muchacho, sumamente agraciado, distraería las atenciones de la joven reina escocesa.

Lo que Isabel no podía prever era que María se iba a enamorar perdidamente de Darnley, hasta el punto de desafiarla a ella, a sus consejeros y casi al país entero para poder casarse con él. Isabel perdió nuevamente los nervios: como María, Darnley era descendiente directo de Margarita Tudor (de hecho, ambos eran primos), y por tanto dos poderosos aspirantes al trono inglés, posición que heredarían sus hijos, convirtiéndose en los siguientes en la línea sucesoria -cosa que de hecho sucedió-. Así pues, apenas unos días después de que se celebrase la boda, el 29 de julio de 1565, Isabel encerró a lady Douglas en la Torre de Londres bajo el pretexto de no haberle solicitado permiso para celebrar el enlace, siendo Darnley su súbdito. Por otro lado, el hermano bastardo de María, Jacobo, aprovechó la condición de católico de su cuñado para alzarse en armas contra su hermana por primera vez, siendo derrotado por las tropas leales a María y huyendo al exilio en Inglaterra.

Poco podía saber María entonces que casarse con Darnley iba a ser una de las peores decisiones de su vida, y no sólo porque había propiciado la primera de las rebeliones de la nobleza en su contra: arrogante, caprichoso y mimado, el joven pronto exigió a María la Crown Matrimonial, o lo que era lo mismo, ser ungido rey de Escocia para compartir las tareas de gobierno con su esposa. Viendo el carácter de Darnley, María optó por darle largas y evitar males mayores, ya que no podía divorciarse de él; eso hubiese supuesto que el hijo que esperaba hubiese sido declarado bastardo.

Durante los largos meses de su embarazo, mientras Darnley andaba de juerga en juerga por las calles de Edinburgo, María trabó gran amistad con un músico italiano llamado David Rizzio. Italiano de nacimiento, servía como músico en la corte del conde de Moretto cuando acudió a Escocia como parte de una embajada; su hermosa voz le consiguió un puesto en el grupo de músicos de la reina escocesa y, a medida que su amistad con ella se fue afianzando, fue obteniendo puestos de mayor responsabilidad hasta llegar al cargo de secretario de la reina para sus relaciones con Francia, aunque su secreta ambición era llegar a convertirse en secretario de estado. Celoso de la amistad entre María y Rizzio, obsesionado con el poder y creyendo que su esposa le era infiel, Darnley pactó con los nobles que se habían rebelado junto a Jacobo Estuardo para eliminar de un plumazo al molesto italiano, al tiempo que intentando dar un golpe de estado. El 9 de marzo de 1566, un grupo de nobles irrumpió violentamente en los aposentos de María, se llevaron a rastras a Rizzio y lo apuñalaron hasta la muerte; la complicidad de Darnley, que había preferido no hacer acto de aparición en la carnicería, fue probada cuando los nobles dejaron la daga del rey clavada en el cuerpo de Rizzio.

María fue encerrada en sus aposentos del palacio de Holyrood, donde quedó a la espera de nuevos acontecimientos; sabiendo que su destino dependía del voluble humor de su esposo, se tragó su ira y consiguió convencerle de que le había perdonado. Darnley picó en la trampa y ayudó a su esposa a huir. Había cometido el último de sus errores.
EL ASESINATO DE LORD DARNLEY

El 19 de junio de 1566 nacía Jacobo, único hijo de María y Darnley. Pocas semanas después, los nobles escoceses decidieron dar un final drástico al “problema de Darnley”. Aunque se sugirió el divorcio por la vía legal (que hubiese mantenido intacta la condición del príncipe Jacobo), estaba claro que aquellos a quienes traicionó tenían otros planes. Viendo el ambiente enturbiado, Darnley optó por la huída una vez más, y se refugió junto a su padre en Glasgow, donde contrajo una misteriosa enfermedad que algunos indican como viruela, pero que más probablemente era sífilis, contraída en sus correrías con prostitutas de todo calado. Serían sus últimas Navidades.

A principios del año siguiente, María reclamó a Darnley que regresara a Edimburgo, pues no estaba bien visto que la reina y su esposo permanecieran tanto tiempo separados, una circunstancia que podía interpretarse como el paso previo a un divorcio. Todavía escamado, Darnley regresó pero, excusándose en su enfermedad, evitó cruzar los muros de la ciudad y se quedó alojado en Kirk o’ Field, una antigua abadía reconvertida en casa particular que se encontraba fuera de los límites de Edimburgo, pero sólo a diez minutos del palacio de Holyrood; desde allí, María visitaba frecuentemente a Darnley, lo que empujó a la nobleza y al pueblo a pensar en una posible reconciliación entre la reina y su esposo.

Decididos a impedir un nuevo ascenso de Darnley al poder, los nobles optaron por actuar de un golpe, y el 10 de febrero de 1567 una tremenda explosión destruyó Kirk o’ Field. El cuerpo semidesnudo de Darnley fue hallado en el jardín, pero su muerte no había sido provocada por la explosión: Henry Stuart, lord Darnley, había sido estrangulado. En las horas siguientes, se supo que quien había provisto la pólvora para el atentado había sido uno de los favoritos de la reina, James Hepburn, conde de Bothwell, lo que hizo que las sospechas se dirigiesen inmediatamente hacia él. Presionada por las circunstancias, María orquestó un simulacro de juicio contra Bothwell, donde éste no sólo fue absuelto de todos los cargos, sino que se le restauraron tierras que Darnley le había arrebatado, ya que a la muerte de éste habían revertido en María. No sorprende pues que las sospechas que planeaban sobre Bothwell se extendiesen también a María. Fue el principio del fin para la última reina soberana de los escoceses.

Posterior: María Estuardo (Parte II y final)

3 pensamientos en “María Estuardo (Parte I)

  1. Pingback: María Estuardo (Parte II y final) « Historia en femenino

  2. me parecio muy didactica y embecelledora historia ,exelente para nuestros jovenes estudiantes que de esta forma estaran habidos por conocer mas historia ,muchas gracias por vuestro regalo MARIA ROSA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s