Home

MATRIMONIO CON BOTHWELL

Los rumores que acusaban a María de haber planeado el asesinato de su esposo se volvían cada vez más violentos; los nobles, que eran tan responsables como Bothwell de la muerte de Darnley, se unieron para “vengar” al pequeño Jacobo. Su estandarte mostraba el cuerpo sin vida de Darnley, y junto a él, Jacobo arrodillado clamaba “Juzga y venga mi causa, oh Señor”. Para liderar tan “noble” causa se eligió a Jacobo Estuardo, el hermano bastardo de María, quien había regresado recientemente de Francia; allí había pasado un corto período, justo el suficiente para que su nombre no se manchara con la sangre de Darnley.

Poco prudente como era, María dio a su hermano la excusa que buscaba para atacarla directamente: el 24 de abril de 1567, la reina regresaba a Edimburgo desde Stirling, donde había visitado a su hijo. En un punto indeterminado del camino, la comitiva fue atacada por los soldados de Bothwell, quien secuestró a María y se la llevó a la fortaleza de Dunbar. Nunca se sabrá qué pasó exactamente allí: la explicación oficial fue que María había sido violada por Bothwell; de todas formas, las actitudes pasadas y futuras de la reina para con su supuesto violador hacen pensar que todo fue una elaborada puesta en escena para propiciar lo que sucedería unas semanas después: a su regreso a Edimburgo, en lugar de juzgar y condenar a Bothwell, María se casó con él por el rito protestante. Fue el pistoletazo de salida a una rápida confrontación entre las tropas de la reina y las de los nobles rebeldes, comandados, cómo no, por Jacobo Estuardo.

La llamada batalla de Carberry Hill (que no fue tal, puesto que no se llegó a las armas) terminó con la rendición de María, con la condición de que dejasen marchar a Bothwell; un nuevo error de apreciación de la soberana, pues debería haber sabido que Jacobo no cumpliría su parte del trato. Tan pronto tuvo a María en su poder, Jacobo salió tras Bothwell que, no obstante, conseguiría escapar, sólo para llegar a la costa escandinava, donde sería denunciado por una antigua prometida y acabaría sus días, enloquecido, en una prisión de Dinamarca.

En cuanto a María, fue recluída en el castillo de Loch Leven, donde sufrió un aborto de gemelos; pocos días después, fue obligada a abdicar en la persona de su hijo Jacobo, proclamado Jacobo VI de Escocia con sólo un año de edad; el escogido como regente fue, claro, su tío Jacobo Estuardo, quien cumplía así su máxima aspiración: el bastardo conde de Moray sería el gobernante de hecho de Escocia durante los siguientes dos años y medio, hasta que fue asesinado de un tiro en 1570 por James Hamilton, un partidario de María, convirtiéndose así en la primera víctima de magnicidio por arma de fuego. Sin embargo, antes de que eso sucediera, iba a enfrentarse una postrera vez a su hermana, cuando ésta escapó en mayo de 1568; en la batalla de Langside, Jacobo derrotó definivamente a María, obligándola a huir hacia el sur. El 13 de mayo de 1568, María Estuardo atravesó, disfrazada, el estuario del río Solway, cruzando así la frontera con Inglaterra; la ex-reina de los escoceses se ponía en manos de la persona que más motivos tenía para temerla y odiarla: Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen.

CAUTIVERIO EN INGLATERRA

María creía realmente que Isabel la ayudaría a recuperar su trono; de hecho, Isabel despreciaba a los nobles escoceses por haber violado la sacralidad real de la que María estaba imbuída. No obstante, también sospechaba que la ex-reina podía haber tomado parte en el asesinato de su esposo, por lo que optó, como era costumbre en ella, por actuar con una cautela cercana a la indecisión que exasperó a todos los protagonistas de la trama. Una conferencia celebrada en York y Westminster en el otoño-invierno de 1568 resultó en la ratificación de Jacobo Estuardo como regente de Escocia, y en la “custodia protectiva” de María en territorio inglés.

La culpa la tuvieron las celebérrimas “Cartas del Cofre”, presentadas por los nobles escoceses; estas ocho cartas, supuestamente escritas por María y dirigidas a Bothwell, fueron encontradas dentro de una arquilla de plata grabada con la letra F (atribuída al primer marido de María, Francisco II) y, junto con otros documentos, probaban según Moray la culpabilidad de su hermana en el asesinato de Darnley. No obstante, la investigación encargada por Isabel determinó que era imposible determinar si las cartas eran o no auténticas, lo que dio como resultado la situación antes mencionada. A día de hoy, los expertos están casi seguros de que las cartas (de las que sólo se conservan copias, pues las originales se perdieron en 1584) son falsas, y que fueron fabricadas para involucrar a María en la muerte de Darnley.

De esta manera empezó el peregrinaje de María por diversas fortalezas inglesas, pasando de carcelero en carcelero sin que Isabel se terminara de decidir sobre qué hacer con tan incómoda huésped. En 1570, Carlos IX de Francia consiguió convencer a Isabel de que liberase a María y la ayudase a recuperar el trono, algo que Isabel supeditó a que María ratificase el Tratado de Edimburgo, algo a lo que ésta se negó. Ése mismo año, la conspiración de Ridolfi, que pretendía asesinar a Isabel y elevar a María al trono, hizo ver a la soberana inglesa lo peligrosa que podía llegar a ser la escocesa, incluso aunque no estuviese directamente implicada en la conspiración, como fue el caso. Recluída en el castillo de Sheffield, permanecería bajo estricta vigilancia los siguientes 18 años, especialmente por parte de sir Francis Walsingham, el gran maestro de espías de Isabel I y la persona directamente responsable de la caída final de María.

UNA REINA EN EL PATÍBULO

Después de ser implicada en varias conspiraciones para derrocar a Isabel, en las que nunca se pudo demostrar completamente su participación, María cometió el último de sus errores en 1585: dio su consentimiento tácito a la conspiración de Babington, un plan apoyado por el Papa Sixto V y por Felipe II de España para, de nuevo, asesinar a Isabel I y reemplazarla por María Estuardo. Walsingham, que sabía que con la muerte de María Estuardo se reduciría significativamente la amenaza católica en Inglaterra, estrechó aún más el cerco de vigilancia alrededor de María, y finalmente obtuvo su prueba: la correspondencia entre María y sir Anthony Babington, que se producía a través de barriles de vino, fue interceptada y descifrada, demostrando que María conocía la conspiración; insatisfecho con el resultado, Walsingham encargó a uno de sus espías, Thomas Phelippes, que falsificase una posdata en la última de las cartas de María, donde ésta ofrecía su participación activa en el asesinato de Isabel.

La acusación dio inicio a un juicio en el que a María Estuardo le fueron negados sus derechos básicos como acusada: no le fue permitido revisar las pruebas de su acusación, ni tampoco tener un abogado. Ninguna de las protestas de María surtió efecto, y la ex reina escocesa fue finalmente declarada culpable de traición y condenada a ser decapitada; sin embargo, el periplo final de María no terminaría aquí. Durante varias semanas, Isabel tuvo la orden de ejecución en su poder sin decidirse a firmarla, pues temía una posible venganza por parte del hijo de María, el ahora rey Jacobo VI. Cuando finalmente firmó la orden, no permitió que se llevase a cabo hasta que ella diese su permiso explícito; harto de las dudas de la soberana, el Consejo Privado decidió llevar a cabo la ejecución sin su conocimiento antes de que Isabel cambiase de nuevo de opinión.

El 8 de febrero de 1587, a primera hora de la mañana, María Estuardo se encaminó a su última cita con el destino en esta vida: rodeada de sus sirvientas, que le fueron fieles hasta el final, se dirigió al gran salón del castillo de Fotheringhay (Northamptonshire), donde se había erigido un patíbulo privado para que la ex reina muriese lejos de los ojos curiosos del populacho. Cuando se despojó de las ropas exteriores, pudo verse que llevaba una camisa interior carmesí, el color litúrgico del martirio para la Iglesia Católica; de este modo, María expresaba su certeza de que moría no por sus crímenes (de los que siempre se declaró inocente), sino por su condición de católica. Si hay que creer las crónicas de la época, la ejecución de María fue una auténtica carnicería: el primer golpe del verdugo fue torpe, y sólo le alcanzó la parte trasera de la cabeza, oyéndose sus gemidos de dolor; el segundo sí le alcanzó el cuello, dándole muerte, pero no terminó de separar su cabeza del cuerpo; el verdugo tuvo que utilizar el filo del hacha a modo de cuchillo para rematar la faena, ante el horror de la concurrencia. Para añadir más esperpento a la situación, cuando el verdugo sostuvo la cabeza en alto y gritó “¡Dios salve a la Reina!”, la peluca de María se desprendió, y su cabeza rodó por el suelo. Por fin todo había terminado: la conflictiva prima escocesa de Isabel I había muerto a los 44 años de edad.

En cuanto a Isabel, no supo de la muerte de María hasta varios días más tarde, y su ira fue inenarrable: el secretario al que había confiado la orden de ejecución, William Davison, fue encerrado en la Torre de Londres y, aunque finalmente fue liberado, su carrera quedó destruida por completo. Isabel nunca superó los remordimientos que le produjo la ejecución de María: ella, que era hija de una reina ejecutada (Ana Bolena), se había convertido en la responsable de la ejecución de otra reina con la que, además, también tenía vínculos de sangre.

En cuanto al cadáver de María, y aunque ella había solicitado ser enterrada en Reims junto a su madre y varios familiares de la casa de Guisa, fue inicialmente inhumada en la catedral de Peterborough, muy cerca de donde yacía la infortunada primera reina de Enrique VIII, la española Catalina de Aragón. El destino quiso que, dieciséis años después de su muerte, su hijo Jacobo VI de Escocia subiese al trono de Inglaterra al morir Isabel I sin herederos; convertido ahora en Jacobo I de Inglaterra, el hijo ingrato que no movió un dedo por ayudar a su madre quiso tenerla ahora cerca de sí, y ordenó el traslado de sus restos a la Abadía de Westminster, donde reposan hoy día, a tan sólo 9 metros de quien fue la persona más decisiva de su vida, su gran enemiga íntima: Isabel I de Inglaterra.

BIBLIOGRAFÍA

  • Dunn, Jane, Elizabeth & Mary: Cousins, Rivals, Queens, Vintage, London, 2005
  • Fraser, Antonia, María Estuardo, reina de los escoceses, Plaza & Janés, Barcelona, 1972
  • Graham, Roderick, The Life of Mary Queen of Scots: An Accidental Tragedy, Pegasus, New York, 2009
  • Guy, John, My Heart is My Own: The Life of Mary Queen of Scots, Harper Perennial, New York, 2004
  • Plowden, Alison, Two Queens in One Isle, The History Press, Stroud, 2003
  • Warnicke, Retha M., Mary Queen of Scots, Routledge, Oxford, 2006

Anterior: María Estuardo (Parte I)

2 pensamientos en “María Estuardo (Parte II y final)

  1. Pingback: La última conspiración de María Estuardo | geohistoriact

  2. Pingback: La Última Conspiración de María Estuardo | Geo-Historia.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s