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Isabella of France

Son varias las reinas inglesas, consortes o por derecho propio, que han pasado a la Historia, por uno u otro motivo: de Leonor de Aquitania a la reina Victoria, pasando por Isabel I y su madre, Ana Bolena, sin olvidarnos de María I y la suya, Catalina de Aragón. Incluso, si nos remontamos aún más en el tiempo, nos encontramos con la fiera Boudicca, predecesora de todas ellas, allá por los tiempos de Nerón. Sin embargo, se suele olvidar a una reina medieval, francesa de nacimiento, cuyos actos estuvieron a punto de cambiar el rumbo de la historia inglesa, y que ha quedado a la sombra de su compatriota, Leonor de Aquitania, y también del pésimo retrato que hizo de ella la única película donde (que yo sepa) ha aparecido: “Braveheart”. La historia oficial la conoce como Isabel de Francia, aunque los ingleses, mucho más creativos para estas cosas, le pusieron un sobrenombre bastante más sonoro: La Loba de Francia.

PRIMEROS AÑOS

Isabel Capeto (franc.: Isabelle Capet) era una princesa de la sangre, o lo que es lo mismo, hija de reyes. Para ser más exactos, del rey Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso-aunque sin relación con el marido de Juana la Loca-, y de su mujer, Juana I, soberana titular del entonces reino independiente de Navarra. Se sabe que nació en París, aunque la fecha de nacimiento es poco clara; se supone que nació en algún momento entre 1292 y 1295. Lo que sí está claro es que fue unos cuantos años antes de que su padre exterminase a la orden de los Templarios (1307-1314), y que fue la penúltima de los hijos de la pareja real; tres de sus hermanos llegarían a ocupar el trono francés: Luis X, Felipe V y Carlos IV, el último de los reyes de la dinastía Capeto.

Como hija del soberano más poderoso de Europa, Isabel tenía el destino marcado desde la cuna: servir de peón matrimonial para fortalecer la política exterior de su padre. Así pues, siendo bien joven se concertó su matrimonio con Eduardo, príncipe de Gales, el hijo y heredero de Eduardo I de Inglaterra. Longshanks y el rey francés mantenían una disputa territorial por los territorios de Gascuña, Anjou, Normandía y Aquitania, y el matrimonio de Isabel y Eduardo pretendía solucionar el problema; sin embargo, los tejemanejes de uno y otro complicaron las negociaciones, que se alargaron durante casi diez años.

La pareja no contraería matrimonio hasta enero de 1308, unos meses después de la muerte de Eduardo I; el que ya era Eduardo II tenía 24 años, su esposa, apenas 12.

REINA DE INGLATERRA

Tras la boda, Isabel se trasladó con su esposo a Inglaterra, pero si en algún momento la joven esperó poder encontrar una mínima felicidad en su matrimonio, pronto se topó con la cruda realidad, y es que Eduardo ya tenía una persona con quien compartir su vida. El problema radicaba en que dicha persona no era una dama de la corte, ni siquiera una campesina, sino un soldado llamado Piers Gaveston. En el banquete de bodas celebrado en Londres, Eduardo se sentó junto a Gaveston, relegando a Isabel a un segundo plano, y, pocos días más tarde, le entrego a éste las joyas de su esposa, que el favorito se dedicó a lucir públicamente.

Eduardo II de Inglaterra

Las atenciones de Eduardo hacia su favorito provocaron numerosos conflictos con los nobles ingleses, liderados por Thomas de Lancaster (primo del rey y heredero presunto al trono), hasta el punto de que Eduardo se vio obligado a exiliar a Gaveston a Irlanda para evitar una guerra civil. Pero no fue por mucho tiempo: unos meses después, Gaveston regresó a Inglaterra, e Isabel no tuvo otro remedio que aceptar su lugar en aquel turbulento triángulo. Como era de esperar, la vuelta a las andadas del soberano no sentó nada bien en las filas nobles y, en 1312, la guerra civil estalló por todo lo alto; en contra de lo que se pueda pensar, Isabel, embarazada entonces de su primogénito, se puso de parte de su esposo. En marzo, Gaveston fue acorralado por los partidarios de Lancaster en el castillo de Scarborough, capturado y ejecutado; sin embargo, los problemas conyugales -y políticos- de Isabel estaban lejos de acabarse.

ENEMIGA DEL CLAN DESPENSER

El 13 de noviembre de ese mismo año, Isabel dio a luz a un varón, que se llamaría Eduardo al igual que su padre, y que cobraría una importancia crucial en las futuras acciones de su madre. Pero tuvo poco tiempo para celebrarlo. Por entonces, Eduardo había encontrado ya quien sustituyera a su adorado Gaveston, y no uno, sino dos fueron los que ocuparon su lugar: un padre y un hijo, ambos llamados Hugh Despenser (conocidos como el Viejoy el Joven, respectivamente), cuyo asalto al poder harían que Isabel añorase los tiempos de Gaveston.

Hugh Despenser el Viejo, segundo barón Le Despencer, era uno de los nobles que se mantuvieron al lado de Eduardo en su enfrentamiento con Lancaster; tras la muerte de Piers Gaveston, ocupó su lugar como principal administrador y consejero del rey, aprovechando para introducir en la corte a su hijo y tocayo. Si la naturaleza de las relaciones de Eduardo y Gaveston es difícil de describir, aún lo es más en el caso de los Despenser, aunque la mayoría de historiadores cree que, de existir una relación sexual, ésta sólo se dio con Despenser el Joven, promovida, eso sí, por su padre, enemigo acérrimo de Thomas de Lancaster y que ya había apoyado la amistad entre el rey y Piers Gaveston.

Los mismos nobles que se habían alzado en armas contra Gaveston se veían ahora amenazados de forma mucho más directa, puesto que el primer favorito del rey era un bon vivantsin excesivas aspiraciones políticas, a diferencia de los Despenser, cuyo objetivo era controlar el poder real y, a través de éste, el país. Tras la batalla de Bannockburn (1314), en la que el ejército inglés fue aplastado por las fuerzas escocesas de Robert the Bruce, la situación empeoró de forma ostensible, y esta vez las críticas también alcanzaron a Isabel: convencido de su culpabilidad en la derrota, Lancaster atacó personalmente a la reina, a la que creía aliada de los Despenser; temiendo por su seguridad, Isabel se puso bajo la protección de Henry de Beaumont, uno de los principales enemigos de Lancaster, que la introdujo en la política del reino.

Mientras tanto, Lancaster y el resto de nobles opuestos a Eduardo siguieron acosando al rey y a sus favoritos, hasta que, en 1321, Lancaster se presentó a las puertas de Londres al frente de un numeroso ejército. Su trato era claro: o se exiliaba a los Despenser, o el ejército entraría en la capital inglesa a sangre y fuego. En un acto público, Isabel se arrodilló ante su esposo y le pidió que exiliase a sus favoritos para salvar la ciudad, algo que Eduardo se vio obligado a hacer… aunque no pretendiese cumplirlo por mucho tiempo.

LA GUERRA DE LOS DESPENSER

Durante algunos meses, la armonía volvió a reinar entre la pareja real: Isabel ayudó a su marido a provocar el inicio de una campaña contra los nobles rebeldes, se le entregó el Gran Sello de Inglaterra e incluso se hizo cargo de la Cancillería Real, algo impensable apenas unos años atrás. Sin embargo, la situación política era más inestable que nunca: los nobles habían declarado la guerra abierta a Eduardo y éste, tras una gran victoria en Leeds, hizo regresar a los Despenser de su exilio.

Refugiado en Gales, Lancaster se dispuso a dar el golpe final al rey y a los odiados favoritos, aliándose con varios nobles galeses. En ese momento, aparece por primera vez el último de los protagonistas de este drama, Roger Mortimer. Éste era uno de los poderosos señores de las marcas galesas, siempre a la greña con Eduardo II, y que habían visto sus tierras y su poder reducidos con el ascenso del clan Despenser. La que ya se conocía como Guerra de los Despenser llegó a su fin en enero de 1322, cuando las fuerzas de Eduardo II se enfrentaron con el ejército liderado por Lancaster, Mortimer y Humphrey de Bohun, conde de Hereford; por increíble que parezca, dada su incompetencia militar, Eduardo venció, capturando a Mortimer en Shrewsbury y, unos días más tarde, al propio Lancaster en Boroughbridge, cerca de York. La victoria del rey, unida al regreso de los Despenser, finiquitó en la práctica el sistema baronial inglés, enviando a Mortimer a la Torre de Londres y acabando con la vida de Lancaster, que fue ejecutado pocos días después de su captura.

Durante cuatro años, Eduardo y los Despenser gobernaron Inglaterra de forma tiránica, confiscando, encarcelando y ejecutando a cualquiera que osase levantar la voz contra ellos. Isabel también fue víctima de esa tiranía: los Despenser se negaban a pagarle las rentas de sus tierras, confiscaron varios de sus castillos, e incluso se dice que Despenser el Joven llegó a intentar agredir físicamente a la reina en alguna ocasión. La situación se hizo insostenible cuando la reina se negó a jurar lealtad a los Despenser y, aprovechando la mala relación diplomática con su país natal, Francia, se le confiscaron todas sus tierras, se arrestó a su séquito francés, y se le retiró la custodia de sus hijos pequeños, que pasaron a estar en manos de sus enemigos. Humillada y viendo peligrar su vida, Isabel decidió actuar.

REGRESO A FRANCIA

La oportunidad perfecta se la dio su hermano, Carlos IV de Francia, que había confiscado las tierras de Eduardo II en Francia en respuesta al trato dado a su hermana. Creyendo que mataba dos pájaros de un tiro, Eduardo envió a Isabel como embajadora, para negociar un tratado de paz con el rey francés.

Isabel y su hijo, el príncipe Eduardo, llegaron a París en marzo de 1325, siendo recibidos con gran ceremonial por Carlos IV; si os preguntáis por qué Eduardo II permitió que su hijo y heredero viajase a Francia con su madre, la respuesta es sencilla: como vasallo del rey francés, Eduardo II debía rendir homenaje a Carlos IV, pero, temiendo ser capturado si abandonaba Londres, prefirió que el joven príncipe, de 13 años, fuese en su lugar. Padre e hijo nunca volverían a verse.

Aunque Isabel había prometido a Eduardo que volvería a Inglaterra en verano, optó por quedarse en la corte francesa, donde, con la permisividad de Carlos IV, se estaban reuniendo todos aquellos enemigos del rey que habían podido escapar con vida. Entre ellos, Roger Mortimer, que, habiendo escapado de prisión en 1323, se había refugiado en París, y que tardaría poco en convertirse en el amante de la reina de Inglaterra. Vestida de viuda, ya que alegaba que los Despenser habían destruído su matrimonio, Isabel empezó a reunirse con los enemigos de su marido, quien, en su desesperación ante lo que se le venía encima, llegó a recurrir al Papa para obligar a su mujer a regresar a Inglaterra.

Todo fue en vano. Aunque Carlos IV tuvo que “expulsar” a su hermana de la corte parisina por su notoria infidelidad, no hizo nada para evitar que Isabel siguiese reuniéndose con los nobles ingleses en el exilio, ahora acompañada por Mortimer, y bajo la hospitalidad de su primo, el conde de Hainault, cuya hija, Philippa, fue prometida en matrimonio al príncipe Eduardo. Con la dote de Philippa, más varios préstamos extendidos por Carlos IV, Isabel y Mortimer reunieron a un ejército de mercenarios y, el 22 de septiembre de 1326, zarparon desde Flandes con rumbo a Inglaterra.

LA CAÍDA DE EDUARDO II

Las tropas de Isabel y Mortimer llegaron a Orwell, en el este de Inglaterra, dos días más tarde, dando inicio a una campaña relámpago que consiguió llegar a las puertas de Londres en apenas dos semanas. Por el camino, Isabel y Mortimer consiguieron la lealtad del conde de Norfolk, y también de Henry de Lancaster, hermano del ejecutado Thomas de Lancaster, creando una coalición que marchó como una apisonadora hacia el sur, tomando Oxford, Dunstable y, finalmente, Bristol, donde Isabel se reunió con sus hijos, hasta entonces en manos de Despenser el viejo.

Desesperado, Eduardo puso rumbo a Gales, desde donde planeaba huir junto a su favorito. Una tormenta se lo impidió, y tras varias semanas de persecución, ambos fueron capturados por Henry de Lancaster en Llantrisant (sur de Gales). El joven Lancaster se cobró venganza en carne de Hugh Despenser el viejo, que había llegado a Llantrisant pocos días antes de la captura del rey, y que fue ejecutado, descuartizado y arrojado a los perros antes siquiera de haber tenido tiempo a llegar a manos de Isabel. Su hijo no corrió mejor suerte: fue ahorcado, castrado y descuartizado, esta vez sí con la reina y su amante como testigos; sus restos fueron enviados a las cuatro esquinas de Inglaterra, y junto a él fueron ejecutados varios de sus más allegados.

Hugh Despenser el joven y uno de sus hombres ante Isabel. Grabado del siglo XIV

Sin embargo, quedaba un cabo suelto. Eduardo II era aún el legítimo rey de Inglaterra, además de legítimo esposo de Isabel. Temerosa de que sus leales pudiesen orquestar un contragolpe, Isabel mandó encerrar al infortunado rey en la Torre de Londres, y reunió a un consejo de nobles y eclesiásticos para que decidiesen el futuro de Eduardo. Días después, el consejo anunció que Eduardo II sería depuesto en favor de su hijo, proclamado Eduardo III por el Parlamento en enero de 1327, y que pasaría el resto de sus días bajo arresto domiciliario. El problema, sin embargo, estaba lejos de solucionarse.

Muchos eran todavía los que creían que Eduardo II había sido injustamente tratado, y consideraban a Isabel (que había sido designada regente) una usurpadora. Y, aunque el ex rey fue trasladado de una prisión a otra, hubo varios intentos de liberarle; así, Eduardo pasó de la Torre al castillo de Kenilworth, y de ahí a Berkeley, en la frontera con Gales. Es en ese momento cuando la historia se vuelve difusa: el 23 de septiembre, Isabel fue “informada” de que Eduardo había fallecido en su cautiverio, a causa de un “accidente fatal”. Su cuerpo fue enterrado en la catedral de Gloucester, y su corazón, depositado en un cofre y entregado a Isabel.

La rumorología no se hizo esperar: aunque una historia muy popular en su época decía que Eduardo no había muerto, sino que había conseguido escapar al continente, el rumor favorito, cómo no, fue el del asesinato. Y es que, mientras Eduardo siguiese vivo, seguía suponiendo una amenaza para el gobierno de Isabel y Mortimer; así pues, éstos habrían organizado su asesinato de manera que pasase inadvertido. Hay varias versiones sobre cómo se llevó a cabo el regicidio, aunque la más famosa sigue siendo aquella que dice que se le introdujo un atizador al rojo vivo por el ano, en un sádico recordatorio de las (supuestas) preferencias sexuales de Eduardo.

En cualquier caso, y aunque lo más probable es que Eduardo muriese debido a las insalubres condiciones de vida de la prisión (que, por otra parte, bien pudieron ser alentadas por Isabel y Mortimer), el ex rey dejó de suponer un problema a partir de ese momento.

REGENCIA Y CAÍDA

Isabel gobernó durante cuatro años en nombre de su hijo, siempre con Mortimer como su mano derecha. En esos años, la regente se procuró una serie de alianzas matrimoniales con Francia y Escocia: en 1328, el joven rey se casó con su prometida, Philippa de Hainault, mientras que su hermana Joan se casó con David Bruce, hijo y heredero del rey escocés Robert I Bruce, el mismo que había derrotado a las tropas inglesas en la batalla de Bannockburn. A cambio de este último matrimonio, Eduardo III renunciaba a sus aspiraciones al trono escocés (algo que no le hizo demasiada gracia), y varios nobles ingleses perdieron las tierras que poseían al norte de la isla.

Entre estos últimos estaba Henry de Lancaster, quien ya hacía algún tiempo que estaba enfrentado a la regente y a su amante por una serie de decisiones políticas que le perjudicaban. La pérdida de sus territorios escoceses fue la gota que colmó el vaso, y, a finales de año, se alzó en armas contra la corona. Sin embargo, Henry seguiría el camino trazado por su hermano Thomas, y fue finalmente derrotado y sometido a una enorme multa que le dejó virtualmente en la ruina y sin posibilidad de recuperación. La rebelión de Henry de Lancaster, sin embargo, no hizo más que espolear a una nobleza harta de lo que consideraban un gobierno corrupto y tiránico, y en los dos años siguientes se sucedieron las conspiraciones para acabar con la regente y su hombre de confianza.

En 1330, tras haber ejecutado al tío bastardo del rey, Edmund de Kent, Eduardo III empezó a hartarse seriamente de los tejemanejes de su madre y Mortimer, al que consideraba el culpable principal de todos los males de la regencia. La chispa final la procuró uno de los amigos del rey, un tal Montague, al que Mortimer acusó de conspirar contra él; cuando Eduardo quiso intervenir a su favor, Mortimer declaró que su palabra estaba por encima de la del rey, lo que encendió todas las alarmas en la cabeza del joven monarca. Ayudado por Montague, Eduardo mandó una escuadra a arrestar a Mortimer y, aunque Isabel, desesperada, intentó negociar con su hijo por la vida de su amante, el muchacho de 18 años no mostró clemencia: juzgado por traición, Roger Mortimer fue ejecutado al mes siguiente.

Durante el juicio, Isabel fue presentada como una víctima inocente del perverso Mortimer, sin que nadie hiciese mención a la relación adúltera que mantenían, ni a que, muy probablemente, había abortado de un hijo de éste unos pocos meses atrás. Sin embargo, sabedor de lo que su madre era capaz de hacer, Eduardo III decretó su arresto domiciliario, que duraría cerca de 30 años. La última etapa de su vida la pasó en paz, siendo visitada frecuentemente por su hijo y sus nietos, de los cuales su favorito era el heredero de la corona, Eduardo, llamado el Príncipe Negro. En su corte de Norfolk recibió a embajadores, emisarios y cortesanos de todo tipo, entre los cuales se encontraban varios de los descendientes legítimos de Roger Mortimer.

Castle Rising (Norfolk), la residencia favorita de Isabel

Cuando David II de Escocia fue hecho prisionero por Eduardo III en 1346, Isabel se reunió con su hija, Joan (conocida popularmente como Joan de la Torre, por las visitas que hacía a su esposo), que cuidaría de ella hasta el final. En 1358, la que fue la mujer más poderosa y temida de Europa tomó los hábitos de clarisa, poco antes de morir el 22 de agosto de ese mismo año. Su cuerpo, acompañado del cofre con el corazón de Eduardo II, fue enterrado en la iglesia de Newgate, y sus posesiones pasaron casi íntegramente a su nieto Eduardo, quien nunca llegaría a reinar, pues murió en 1376, un año antes que su padre.

La figura de Isabel de Francia fue inmortalizada como una despiadada manipuladora por el célebre dramaturgo isabelino Christopher Marlowe en su obra “Eduardo II”, pero sería otro autor, el poeta Thomas Gray, quien en el siglo XVIII le otorgó el sobrenombre con el que ha pasado a la posteridad, la Loba de Francia, un mote que ya fue utilizado por Shakespeare para identificar a otra feroz reina consorte venida de Francia: Margarita de Anjou, la esposa de Enrique VI.

BIBLIOGRAFÍA

  • Castor, Helen, She-Wolves: The women who ruled England before Elizabeth, Faber and Faber, London, 2011
  • Doherty, P. C., Isabella and the strange death of Edward II, Robinson, London, 2003
  • Hilton, Lisa, Queens Consort: England’s Medieval Queens from Eleanor of Aquitaine to Elizabeth of York, Pegasus, New York, 2010
  • Mortimer, Ian, The Greatest Traitor: The life of sir Roger Mortimer, ruler of England 1327-1330, Pimlico Press, London, 2004
  • Weir, Alison, Queen Isabella: She-Wolf of France, Queen of England, Pimlico Books, London 2006

4 pensamientos en “Isabel de Francia

  1. Buen resumen, y sí efectivamente en la película Braveheart es uno de los personajes sin embargo, gracias a su biografía me he dado cuenta del anacronismo dado que ella se casó después de la muerte del rey Eduardo I y no antes como se aprecia en la película. Considero que la obra de Maurice Druon “Los Reyes Maditos” hace un buen retrato de ella puesto que aparece en el Tomo I cuando hace alusión al escándalo de la Torre de Nesle y en el Tomo V dedicado completamente a ella.

  2. Muy interesante su historia, y triste, en lo personal no creo merezca ese título peyorativo de “La loba” de Francia pero obviamente su historia la escribieron primero hombres de su época pseudo moralista además de ingleses que la juzgaron en parte al nacionalismo ya que era francesa, si leemos los detalles de su vida personal y la época que le tocó vivir deducimos que al mismo tiempo que nació en una posición privilegiada siendo una noble e hija de un rey también tuvo restricciones que le negaron la verdadera felicidad, el amor, el poder de decidir ella misma sobre su vida al ser vendida en matrimonio desde niña con Eduardo II, un extraño que desde el inicio la desdeñó y la hizo a un lado por ser él un homosexual y un personaje débil, que además llegó al punto de abandonarla su suerte en un territorio peligroso y luego ella logra escapar según lo que sabemos de su historia entendiendo con ello que para Eduardo II no solo no significaba nada en su vida sino que incluso la despreciaba, si es verdad que ella planeó su asesinato yo no la culpo, fue otra mujer obligada a adaptarse a sus circunstancias y a sobrevivir en una época difícil para la mujer, y lo hizo con las armas que tenía a la mano, su belleza y su posición de reina consorte, para mí fue mas víctima que victimaria.

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